martes, 2 de septiembre de 2014

Capítulo 2. Las llamas de mi hoguera.

- Sí, soy yo – dijo con esa sonrisa tan suya.
- Tú… ¿Tú te llevaste mi equipaje? – dije aun incrédula.
- No fui yo, exactamente – dijo mordiéndose el labio inferior y mirándome, con cierta cara de inocencia.
- Bueno… Ya… Eso. Es que no me lo puedo creer. Fui a mil firmas de discos, a muchísimos conciertos, formo parte de tu club de fans… Y que ahora, por una pérdida de equipaje… Estés aquí, delante de mi… - dije como pude, pues a cada palabra que salía de mi boca, me costaba más y más pensar.
Me invitó a sentarme con ella y mantuvimos una conversación agradable, tanto que acabamos tomando unas cervezas y picando algo para cenar. A eso de las once de la noche me dijo que se tenía que marchar, ya que al día siguiente debía madrugar, aunque no me dijo para que, por lo que lo supuse como una excusa.


A las seis de la mañana sonó el despertador de mi móvil (odioso despertador), me levanté y vestí. Aquel día acababan mis vacaciones, vuelta al hospital; vuelta a los pacientes malhumorados, a los que pagan contigo las malas noticias que les propinan los médicos, bueno, a la fauna diaria de un hospital normal de Madrid.
Cerca de las diez tomé  mi descanso para almorzar, y vi una nube de niñas gritando y corriendo, y a los guardias de seguridad de la entrada del hospital, echarlas. Cuando terminó mi tiempo de almuerzo volví a mi planta, y me mandaron a recepción a recibir a los pacientes que se ingresaban ese día programadamente. Llamé uno por uno a todos los pacientes. Hasta que llegué a su nombre: MARÍA LUCÍA SÁNCHEZ BENÍTEZ. Debía ser una simple casualidad, no podía ser verdad. Pero sí. Lo era. Era Malú. De nuevo ella. ¿Esta chica arma revuelos allá donde va? La dejé para la última, para así poder charlar con ella.
Y después de esta señora, le toca a usted, señorita María Lucía. – quise disimular mi nerviosismo, pero creo que no quedó nada convincente, pues me quedé mirándola y me sacó la lengua en un guiño.
Terminé de acomodar a la señora que la precedía, y me dispuse a hablar con ella, pero en ese momento, llegó un hombre alto, moreno y con unos ojos azules que te estremecías al mirarlos. Cogió a Malú de la mano, y se dirigió a mi.
- Perdonad las dos, no he podido llegar antes. – dijo claramente nervioso.
- No se preocupe, aun no acomodé a su… - dejé la frase en el aire para que él la terminara, y así saber de quien se trataba.
- A mi prometida. – dijo mirando a Malú con una sonrisa de oreja a oreja. Esta le sonrió tímidamente, y cambió el tema. Aunque no pude escucharlo porque solo repetía en mi cabeza una y otra vez lo que acababa de decir el prometido de María Lucía.
Llamadme loca, pero no entendía el por qué la noche de antes me ocultó esa información… Era una tontería, una fan más… Pero… Entre nosotras esa noche hubo algo más… Aunque solo nos rozáramos las manos.
Cuando volví a la realidad la acomodé en la habitación 703, por supuesto, cerrada para ella sola.
Pasaba el día y su puerta, no se abría. No recibió ninguna visita más, ni él salió de la habitación. Ya cuando pensaba que se acabaría mi turno y no podría verla, sonó el timbre que procedía de la 703, así que me dirigí a ella, a ver que necesitaba. Al entrar vi a su prometido, dormido en la cama de al lado, de espaldas a ella. Entre uno y otro había una cortina, por la privacidad de los pacientes, pero estaba echada. Me acerqué a su cama, en el lateral de la ventana. Vi como le cayó una lágrima, y ante mi presencia se la limpió con el borde de su mano derecha.
- Ey…. – dije como pude acercándome en silencio, sin querer hacer ruido para que su prometido, no se despertara. - ¿Qué pasa?
- Lo he confirmado… - dijo en un terrible suspiro, que inundó la habitación de desesperación, toda la que ella llevaba dentro.
- Confirmado… ¿El qué? – dije acercándome aún más a la cama, poniéndome en cuclillas y agarrándole la mano.
- Está con otra… - y ahí comenzó a llorar, en silencio.
- ¿Cómo…? No puede ser… Se le ve muy enamorado… Estáis prometidos… ¿Quién va a renunciar así como así a ti? Hay que estar loco. – dije sonriendo hacia un lado, tentándola a ella a hacer lo mismo.
Me miró de reojo y sonrió. Una sonrisa pequeña, rápida. Pero suficiente para haber hecho que ella se olvidase por un segundo de todo.
- Él. Él. Lleva dos años con la misma chica. La que se hace pasar por mi mejor amiga. La que me mira con compasión, porque ella mejor que nadie sabe la cornamenta que llevo encima, ella sabe las veces que me ha mentido, que me ha engañado. Que me ha dicho que estaba trabajando y estaba con ella, diciéndole cuanto la quiere, abrazándola… Haciéndole lo que me hace a mi noche sí y noche también. Y me falta valor… Valor para dejarlo, para abandonarlo. Una imagen es muy fácil de dar, incluso de mantener. Mis maluleros, que son mi otra familia, y la que me dio la vida, no saben nada… Me ven sonreír… Feliz. Pero… ¿de qué sirve? Cuando cierro la puerta de casa, solo Pablo y yo sabemos lo que hay. Y es que desde hace mucho no sentimos nada el uno por el otro, pero no podemos… O no sabemos, romper esta relación. Él sí, se ha buscado su escapatoria, pero… ¿yo? Yo no he podido…. La conciencia no me deja.

La miré como pude. Y simplemente me incorporé y abracé muy, muy fuerte. Acaricié su sedoso pelo, y me inundó ese olor tan… a primavera. Le di un beso en la frente y sequé sus lágrimas con las yemas de mis dedos.

Oímos como Pablo, que ahora sabía como se llamaba, tosía y se removía en las sábanas… Me escondí bajo la cama, aunque le mantuve la mano cogida. Falsa alarma. Se había movido soñando. Menos mal.

Cuando salí la vi mirarme y sonreírme. Como la primera vez que la vi, y me acerqué, me acerqué a ella para volver a besarla, esta vez en la mejilla, pero ella cambió a trayectoria. Chocó mi nariz con la suya, y cuando nuestras bocas estaban a dos milímetros la una de la otra, me sonrió, como solo sonríe alguien cuando está siendo verdaderamente feliz.

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