miércoles, 3 de septiembre de 2014

Capítulo 3. Desafío.

- ¿Lula? – dijo con voz de recién despertado.
Al escucharlo me alejé de ella, y disimulé mirando el nivel de los sueros.
- Todo bien señorita Sánchez, mañana a primera hora vendrá a verla el doctor. – dije guiñándole un ojo. – Hasta mañana señor.
Cuando salgo de la habitación, cierro la puerta y me apoyo de espaldas a ella. Las luces del pasillo ya están apagadas, mierda. El cambio de turno ya se hizo… Entro como puedo al control de enfermería y recojo mis cosas. Escribo una nota, y antes de marchar a casa, vuelvo a la 703 para entregársela a su destinataria. Toco un par de veces la puerta y antes de que pueda abrir, se abre sola. Veo a Pablo con intenciones de marcharse, con la cara descompuesta, entre miedo y enfado. Al fondo de la habitación, Malú. Observándonos.
- ¿Pasa algo? – dice Pablo, con evidentes signos de enfado.
- No… Nada. – digo titubeante ante su mal humor. – Solo venía a avisar a la señorita que mañana a las 08:30 vendrá algún compañero para bajarla a la sala de rayos. Y bueno… Tengo que hacerle una pequeña exploración para confirmar que todo está bien… - mentí. Pero necesitaba quedarme a solas con ella, por lo menos unos minutos.
- Está bien… Voy a tomarme un café. Enseguida vuelvo. Cuídamela. – dijo con tono irónico antes de cerrar la puerta.
- Gracias… - dijo Malú en un susurro cuando Pablo marchó.
- Me acerqué rápidamente a ella y la abracé, sin mediar ni una sola palabra.
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estaba así? – pregunté en voz baja, aun abrazada a ella, intentando transmitirle una serenidad que no tenía.
- Cuando te fuiste… Le dije que sabía lo de Marta… Lo negó… Y cuando le dije que había visto sus mensajes en el móvil… Entró en cólera. Se puso rojo, la vena del cuello se le hinchó sobremanera… Por un momento temí lo que pudiera hacer. Pero me dijo que se marchaba. Que se iba a casa. Que ya mañana volvería para estar conmigo cuando pasara el médico… - mientras decía eso me agarró la mano derecha y me acarició el brazo. – acercándose mucho y cogiéndome fuerte de la muñeca… Me daba miedo. Pero en ese momento… Un ángel apareció por la puerta… Y me salvó de Dios sabe qué… - hizo un amago de sonrisa mirándome a los ojos.
Le aparté el pelo de la cara para colocárselo detrás de la oreja con la mano que me quedaba libre en ese momento, pues parece que había encontrado un momento de relajación jugando con mis pulseras, y no quería romperlo por nada del mundo…
 Pasaron unos diez minutos en que lo único que hacíamos era acariciarnos, mirarnos a los ojos y sonreírnos…
- Oye… - dijo rompiendo el silencio con su voz. Y es que su voz, empezaba a ser mejor que el silencio. – ¿y ese reconocimiento que me tenías que hacer? – y cuando terminó la frase me sacó la lengua.
- Ay Malú… ¡Qué poco me conoces! – y no pude evitar soltar una carcajada.
- ¿Perdona? ¡Me ofendes! – dijo cruzándose de brazos y poniendo morritos cual niño pequeño en una de sus rabietas.
- Ay… Pero no te  pongas tan mona… Que me enamoras. – dije. Al segundo me arrepentí. ¿Por qué no pensaré las cosas dos veces antes de decirlas?
- ¿Y quién dijo que esa no es mi intención?
Creo que en ese momento se me salieron los ojos de las órbitas mirándola. Y ella estalló en una sonora carcajada, la cual inundó la habitación de vitalidad, y a mi de tristeza, pues interpreté que era una broma.
- ¿Pasa algo? Te has puesto seria de momento. – dijo, acariciándome la cara.
- No, nada. Solo que he recordado un mal momento y pues… - intenté disimular.
En ese momento llegó Pablo a la habitación. Salimos él y yo fuera. Le dije que no había terminado con Malú y que seguramente iría para largo.  Al observar su cara de fastidio le dije que se marchara a casa, que sería lo mejor. Objetivo conseguido. No pensaba que sería tan fácil.
Entró a la habitación y se despidió de Malú con beso ligero en los labios. Y me dolió a mi en lo más interno del alma. Cosa que no entendía. Vino hacia mi y me dio las gracias por cuidarla, y se marchó.
- Bueno… Pues tenemos la noche para las dos solas. – dije sonriendo.- Así podrás dormir tranquila. Yo me tumbo aquí, en esta cama, retiro la cortinilla separadora, y te veo, por si necesitas algo.
- No. Vente aquí conmigo… Hace mucho frío.
- ¿Quieres que vaya a por el termómetro? Porque yo tengo mucho calor. – dije con cierto tono picante.
- No, no hace falta. Pero ¿por qué no vienes y calientas un poco la cama? – me contestó con el mismo tono.
Así que esas teníamos… Pues si quería juego, lo iba a encontrar. Miré el reloj. Las 00:30. Perfecto. Aún quedaban siete horas y media para que me tocara relevar a mi compañera. Ese sí que iba a ser un día de hospital.
Antes de tumbarme a su lado, fui al control a por una manta para taparnos, pues en pleno febrero hacía algo de frío, aunque yo tuviera de todo, menos de eso.
Cuando volví a la habitación ella salía del baño con el pijama del hospital. Nunca había visto a nadie en todos los años que llevaba trabajados que le quedara tan sumamente sexy ese pantalón y esa camisa de color azul pálido.
- ¿Tengo algo? ¿Voy manchada? – dijo al ver que no levantaba mi vista de ella.
- No… No. Simplemente que hasta ahora no me había fijado en lo bien que te queda el pijama. – dije reaccionando como pude.
- Supongo que… Gracias. Aunque espero que me queden mejor los que tengo en casa. – sonrió.
- Seguro que sí, a ti te queda bien todo. – dije claramente para que me escuchara.- Pero mejor tienes que estar sin nada... –dije en un susurro para que no pudiera oírme.
- ¿Qué? No te he oído.
- No… Nada. Solo pensaba en voz alta. – dije mirando como se tumbaba en la cama. ¿Cómo podía ser tan tremendamente sexy con gestos tan comunes?


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