viernes, 12 de septiembre de 2014

Capítulo 7. Donde quiera que estés.

No contestó. Ni para decir que sí, ni para decir que no. Se limitó a mirarme y a suspirar. Me sonríe y esos dientes blancos me atraviesan el alma.  Uno a uno, dibujándose en mi, un poquito.
Veo como poco a poco se le empiezan a humedecer los ojos, está buscando las palabras pero no las termina de encontrar. Y se nota.


- Verás... -dice en un susurro casi imperceptible a los oídos. - ¿A qué te refieres con estar?
- Ey... - contesto mientras busco sus manos con las mías y entrelazo nuestros dedos. - No hace falta que digas nada. Al fin y al cabo esto es un juego y no quiero que te pongas mal...
-Sí... Necesito contárselo a alguien. Es algo que me está matando. Una espinita dentro de mí, que día a día se va clavando un poquito más y hace daño.
- Te escucho.- contesté y me acerqué tanto a ella como la física permitía.
- Yo... No, nunca he estado con una mujer. Supongo que por miedo a un escándalo, a que nada sea lo que parece... A que la mujer que aparece ante tus narices y te cambia la forma de pensar... Te hace ver que eso no está tan mal, que de hecho, está bien... Sea otra persona distinta a quien te dijo. Ya me entiendes. -hizo una pausa y levantó la vista de nuestras manos entrelazadas buscando con sus ojos mi aprobación.-  en este mundo, nada es lo que parece. Quienes crees que son tus amigos, no lo son. Son sólo conocidos, que por una mísera exclusiva te venden y te hunden. Y lo saben... Pero lo hacen.


Y en ese momento yo me deshago por ayudarla... Por susurrarle al oído que me va a tener para siempre, pero mientras acaricio su cara, veo que tiene intenciones de seguir.

- Todo empezó cuando yo tenía unos catorce años. Aún estaba en el instituto, ajena a todo lo que me esperaba después, sin saber que yo me iba a dedicar a subirme a los escenarios casi a diario. Yo tenía una amiga. Con la que compartía pupitre desde que era una mocosa, pero claro, las cosas cambian cuando dejas el colegio y comienzas el instituto. No ya con las relaciones con los demás, si no dentro de una misma... Alba, así se llamaba. Mi mejor amiga. Nunca nos separábamos, íbamos de un lado a otro juntas. Ella venía a mi casa a dormir, y yo a la suya. Incluso cuando yo dejaba Madrid en verano para irme de vacaciones a Algeciras, ella venía conmigo... Éramos inseparables. Hasta que en su cumpleaños, su decimoquinto cumpleaños, pasamos a ser algo más. - mientras me narraba la historia sus lágrimas caían de sus ojos a borbotones.- Esa noche mis padres no estaban. Y José... No sé - soltó una carcajada en ese momento.- José también era un buen bicho. A saber dónde estaba... El caso es que estábamos solas. En mi casa. No quisimos llamar a nadie. Decidimos hacer una fiesta del pijama, solas. Empezamos por lo típico con esa edad, unos cubatas... Unos cotilleos... Pero... Cuando decidimos ir a dormir... La cosa cambió. En pleno enero en Majadahonda hace frío... Así que nos abrazamos... Ella me hizo cosquillas... Y yo a ella. Y así comenzó nuestra relación... De una forma muy inocente... Prometimos no contarlo a nadie y guardarlo en silencio... Guardarlo para nosotras dos. Nos sentábamos juntas en clase, como siempre. Pero, a diferencia de antes, nuestras manos se entrelazaban bajo el pupitre. Decidimos guardar normalidad. Estuvimos juntas un año y 3 meses... No llegamos a hacer nada, por aquel entonces todo el tema del sexo entre dos mujeres era demasiado tabú... Aún así decidimos que para mi decimosexto cumpleaños, lo íbamos a intentar. Pero, unos días antes, yo rompí con Alba. El miedo me inundó...
- Pero... ¿Sin motivo? - decidí interrumpir, ya que a ella se la veía emocionada y le costaba sacar las palabras de su propio interior.
- No, no, claro que lo tenía. Unos pocos días antes de mi decimosexto cumpleaños, me enteré de que próximamente podría hacerme un hueco en el mundo de la música... Lo que significaba para mi un mundo... Un sueño que cumplir, y dejaba atrás el colegio... Y a Alba la dejé... Porque por aquel entonces, no había personas del mundo del espectáculo homosexuales, o bueno.... Sí, pero no reconocidas oficialmente. Yo no quería avergonzar a mi padre, ni a mi tío. No quería que el apellido de mi familia se viera manchado. Y menos por mi, por los caprichos de una niña. Ella me odió. Sus ojos me lo decían cuando me miraron por última vez... - y en ese momento comenzó a llorar.


La abracé todo lo fuerte que supe, hasta casi dejarla sin respiración. Pasamos casi toda la noche juntas, ella volvió a sonreír. Al amanecer, salimos en busca de ardillas. A perseguirlas como niñas pequeñas. Le hacía ilusión. Y yo por verla a ella reír, lo que sea. Cuando ya nos cansamos de que las pequeñas corrieran más que nosotras nos volvimos hacia el coche. Esta vez más en confianza, más divertida, menos vergonzosa.
Durante el trayecto de vuelta puse su último cd, y como si de un concierto se tratara y bolígrafo cual micrófono, me deleitó con algunas de sus últimas canciones y algún que otro adelanto.
Cuando llegamos a la puerta de su casa, para nuestra sorpresa no estaba Pablo esperándola.

- Gracias por esta noche maravillosa. Y por estar haciendo lo que estás haciendo conmigo, aunque no estoy muy segura de lo que es. Esta tarde te llamo. - dijo mientras abría la puerta del coche y ponía un pie fuera.
- No las des más, o me tendré que enfadar. Hoy libro, ¡estaré atenta al teléfono!
- ¡Vale! - dijo mientras reía.- ¡Ah! Se me olvidaba. -dijo mientras volvía a adentrarse dentro del vehículo.
- ¿El qué?
- Esto. - dijo antes de colocar sus labios sobre los míos, demostrándome así como sabe la perfección. - ¡Atenta al móvil! - gritó mientras cerraba la puerta y se dirigía a su chalet.

Y allí me quedé, viendo como salían los rayos de sol más tardíos en aparecer

No hay comentarios:

Publicar un comentario