martes, 23 de septiembre de 2014

Capítulo 11. Blanco y negro.

- ¿Cómo has venido hasta aquí? Que tú mañana madrugas para ir a la discográfica. - dije sentándome en uno de los mullidos sillones e invitándola a que se sentara justo en el que había enfrente de mi.
- Bueno, lo mismo es que es lo mismo. En vez de levantarme a las siete, me levanto a las seis, total, como tu compañera no me puede ver, me voy con tiempo y paso por casa. - sonrió mientras estiraba su mano para acariciarme con la punta de sus dedos mi brazo.

Era siete de marzo. Era increíble. Llamadlo casualidad. Pero eran los mismos números que había en la puerta de su habitación cuando estuvo ingresada. 7 0 3. Y, además, acababan de dar mientras manteníamos el principio de una larga conversación... Una conversación que cambiaría el sentido que tomaron nuestras vidas hace años. Aunque tal vez no lo era, no era casualidad, tal vez fue el destino, que lo tenía escrito, que jugó con nosotras hasta hacer que aquel día en el aeropuerto me perdieran el equipaje y que fuera ella quien la tuviera, esperándome. Y, a decir verdad, no sé si mi maleta la tenía a ella, o ella a mi maleta.

- Pues eso Ada... Lo que te he dicho y te repito. - me volvía a contar, pero esta vez sentada en mis rodillas, abrazada a mi cintura y dándome algún que otro beso ligero. - No hace mucho que nos conocemos, un par de semanas... Pero te estás convirtiendo en mucho, de una forma muy, muy especial para mi. Gracias. - clavó sus ojos tan intensos, que parecía que hablaban ellos por ella, en los míos, atenta a cada palabra que salía de su boca y parecía deleitar mis sentidos, que se estremecían al escucharla y al notar su piel en la mía... - Gracias por darme todos los días desde que te conocí, desde que hablé contigo uno, aunque sea solo un motivo al día para sonreír me has dado a diario. Pero es que lo superas con creces. - y cesó su decimosexta explicación con un beso en mi cuello. Y no es que no le hiciera caso, es que de mis oídos salían millones y millones de rosas y corazones, cual icono de WhatsApp enamorado.  - Ehhh. - llamó mi atención dándome con su dedo en mi hombro. - ¿Pero otra vez tengo que explicártelo? Mira que voy a empezar a pensar que me estás ignorando... - hizo pucheros.
- ¿Cómo no te voy a escuchar? - dije con la mirada fija en el frente y riendo. - Pero es que me encanta que todo eso salga de ti, que todo esto no sea una canción que puede estar escuchando cualquier chica o chico en este momento en su hogar... Que eres de verdad, de carne y hueso, y que estás encima de mis rodillas como cualquier niño el día que va a entregar la carta a los reyes magos... 
- Entonces... ¿Aceptas ser algo más que amigas por ahora? ¿ Y no te sienta mal no ponerle el nombre que estás pensando, y el mismo que todos le pondrían...?

Me miró y me sonrió, esperando a que siguiera, pero no podía. Me limité a besarla y levantarla por los aires, agarrada por la cintura. Comencé a tirarla hacia arriba, tampoco mucho, para no hacerle daño.

- Bueno, has pasado de hacer que te lo repitiera a ignorarme y a intentar que me marease. Sé que esto es para intentar que se me olvide, lo sé. Pero no, no lo vas a conseguir. 

La bajé de nuevo al suelo, para que pisara tierra firme, Acerqué su cuerpo al mío, agarrándola por la cintura, mientras poco a poco pegaba su frente con la mía y cruzaba mis manos por su nuca. Antes de besarla, asentí con los ojos, y, por si no me había entendido, le susurré un  en sus labios antes de rozarlos, y hacer que poco a poco perdieran la poca vergüenza que les quedaba al rozarse con los míos. 
Juro que aún hoy, tiempo después, firmaría por despertar cada día en sus labios y morir siempre en ellos, por vivir en su sabor a primavera constante.

- Y no, claro que no me molesta. Hace quince días para mi eras un sueño lejano, alguien que por muchas colas que haya hecho para ir a conciertos, muchas firmas a las que haya asistido, no he podido darle más de un par de besos rodeada por seguratas, y además, saber que ya ni me recordabas cuando todavía salido del vallado donde te encontrabas firmando. - acaricié su cara.- Y no, tampoco me importa, porque sea para verte sonreír, a mi me basta. Llámalo más que amigas, llámalo conocidas, llámalo besamigas, llámalo X, pero... ¡LLÁMALO! - y en ese momento estalló en una carcajada y rozó la punta de su nariz con la mía.

Me fue guiando poco a poco hacia la cama que teníamos para descansar en la sala. Me tumbó encima de esta, mientras recorría mi rostro a besos, y hacía que me estremeciera bajo sus dedos, que recorrían mi piel como si ya la tuvieran estudiada. Nos comíamos en silencio, con cada mirada que nos echábamos, esas que nos hacían sonreír a mitad de casa beso que nos dábamos, Noté como sus manos frías se colaban bajo mi camisa verde de uniforme, y se dirigían a mi ombligo directas. Quería matarme de amor, o de cosquillas, lo importante es que la asesina fuera ella, y fuese así. Me separé de ella y le eché una sonrisa pícara. Volví a sus labios, para devorarlos con toda la fuerza que ella me permitió, pues ella, atacaba con decisión también mi boca. Bajé mis manos para levantar su camiseta y acaricié su espalda, haciendo que se erizara bajo mis dedos. 
Sacó sus manos de debajo de mi camisa y las subió hasta lo alto de mi camisa, y se fue deshaciendo de cada botón. Por cada uno que desabrochaban sus dedos ya calentados por mi cintura y mi ombligo, mi cuello se ganaba un mordisco que hacía que encogiera el cuello, aunque a ella, eso le gustaba, y le ponía más ímpetu en morderme y hacer que temblara. 

- Me vas a matar, - le dije atacando yo a su cuello, haciendo que estallara en una sonora carcajada mientras me suplicaba que parara. - No has tenido piedad conmigo, no la voy a tener contigo. - le dije sacándole la lengua, la misma que ella casi consigue morder, levantándome y cogiéndola a ella por las piernas, las cuales había colocado al rededor de mi cintura. 
- ¡No serás capaz! - dio un gritito cerca de mi oído, lo suficiente para hacer que yo me tuviera que reír, aunque no fue motivo para que parase.
Levanté su camiseta, y comencé a darle besos, mordidas sobre su ombligo, Cuando vi las cosquillas que tenía sobre esa zona aproveché y comencé a hacerle pedorretas por su tripa. 

Al poco, cuando vi que ya no aguantaba más ese ataque de cosquillas comencé a subir hacia arriba. Aunque aquel no fue nuestro día. Antes de llegar al borde de su sujetador, sonó el timbre atronador que procedía de una de las habitaciones, Me reclamaban. 
Levanté la mirada de su tripa, la miré a los ojos y comenzamos a reír.

- ¡Anda tira! Que va a ser mejor que esperemos a otro momento en el que estemos a solas y nadie nos interrumpa. - dijo riendo y señalando la lucecita que se había encendido encima de nuestras cabezas.

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