- Pero… - dije articulando como pude, mientras ponía la llave
del coche y arrancaba.
- No lo sé. Un ataque de valentía. Y la verdad que me da
igual. – dijo hablando muy deprisa. La adrenalina le salía por los poros.
- Estás muy mal. Pero mucho. Y… sí. Me alegro… me alegro que
hayas dado este paso hacia delante…
No contestó. Se limitó a sonreír, a colocar su mano
izquierda sobre mi rodilla derecha, le subió el volumen a la música del coche,
y me indicó como llegar a donde tenía preparado. Mentiría si no dijera que
tenía algo dentro de mí, que hacía que me costara respirar. Un cosquilleo, unos
nervios tontos… Creo que Malú lo notó porque me miraba y se reía. De vez en
cuando, cuando centraba demasiado mi atención en la carretera, me apretaba con
su mano la rodilla haciendo que me recorrieran las cosquillas por toda la
pierna.
Tras unos cuarenta y cinco minutos de trayecto entre alguna
que otra risa y palabra suelta, llegamos a la mitad de la nada. Nada. Eso era
lo que había. Árboles y más árboles. Escuché su risa detrás de mí; aún no había
visto la cara que se me había quedado y ya se estaba riendo.
- Vamos a ver… - dije intentando aguantar la risa. – me haces
arreglarme… Ponerme esta ropa, tacones, con los que me voy a matar… ¿para venir
al medio de la nada? – dije imitando un tono de enfado que se vio truncado por
mi sonrisa.
- Eres una quejica. ¿Nunca te han dicho que viene bien hacer
deporte? ¡Jop! - Hizo cual dueño a su
animal.
- Sí… Pero no con tacones, ¡que me voy a desnucar! –dije a
regañadientes.
- Mira… Así serías tú la enferma y yo la enfermera. – dijo
riéndose.- Anda… ¡Sígueme y deja de quejarte!
- ¡Pero si no se ve nada! – chillé cuando vi que empezaba a
andar montaña hacia arriba, entre los árboles.
- ¡Qué sí, pesada! ¡Que llevo linterna! – dijo volviéndose
hacia mí y deslumbrándome.
Tras un buen rato venga a andar, algún que otro culazo, y ya
tacones en mano, llegamos a lo que parecía una casa de campo. Rodeada de una
valla de madera pintada de blanco, desde la que se podía divisar una piscina, y
unos columpios para niños y una hamaca.
Avanzamos los pocos metros que nos separaban de ella y abrió
la verja. Antes de entrar en la casa pensaba que nos moriríamos de frío una vez
dentro de ella, pero no. La chimenea estaba encendida, y por lo que parecía,
desde hace unos minutos, pues parte de la madera ya estaba quemada totalmente,
y la casa caldeada. Enfrente de esta estaban dos sofás, formando una L.
- Por lo que veo… - dije buscándola con la mirada. – lo tenías
todo bien preparado.
- Por supuesto, una, que tiene sus armas secretas. – dijo con
una mirada seductora. – Y ven, que te voy a enseñar la casa. – mientras me hizo
un pequeño tour por la planta baja de la casa, me dijo dónde podía cambiarme,
que ella tenía ropa de sobra para cambiarse y para las visitas. – Quédate donde
quieras, cámbiate y ponte cómoda. Haz lo que te apetezca. Voy a hacer la cena.
– dijo todo seguido.
- Quiero ayudarte. – dije de vuelta en la cocina.
- Tú eres la invitada. Así que ya sabes. – dijo señalando el
pasillo.
- Bueno, me quedo sentada en el sofá haciéndote compañía. – el
salón con la chimenea estaba separado de la cocina por una barra americana.
- Vaaaaale cabezota. – bufó para terminar riéndose.
Para cenar preparó un risotto de setas y una ensalada.
Mientras cenábamos, fue contándome cosas sobre su vida, su historia con
Pablo... Aunque, a decir verdad, hay que decir que yo no me enteraba de mucho,
pues me quedaba embobada viendo como sonreía con su boca y su mirada. El brillo
de sus ojos… No- No existe palabra para describirlo. El arito de su nariz tan
perfecto… Yo pensaba que moría de amor mientras la miraba.
- ¡Ada! – dijo mientras daba un golpe en la mesa para hacerme
despertar.
- Perdona. – dije tímida. – No sé qué me ha pasado…
- Venga anda, vamos al salón. – dijo cogiendo mi mano y
llevándome hasta el sofá. – Oye, ¿qué prefieres? ¿Vodka caramelo o licor 43?
- ¿Me quieres emborrachar? – le pregunté haciéndome la
ofendida.
- ¡No tonta! Vamos a jugar a un juego. – dijo mirándome. – Si
no te apetece dímelo.
En ese momento la busqué con la mirada y me miraba con
carita de corderito degollado.
- Mírala como me pone ojitos… - dije en voz alta. – No hace
falta que me mires así, te iba a decir que sí.
- Lo sé, no te puedes resistir a mis encantos. – dijo y
estallamos las dos en una carcajada.
- Bueno… Todo es proponérselo. – contesté sacándole la lengua.
- ¿Y qué juego es ese que se juega con alcohol?
Me miró incrédula y me dijo que la esperara, que iba a por
las botellas y los vasos de chupito. Como podéis ver, yo por aquel entonces era
muy inocente, y aunque había vivido muy bien esos años de mi vida, nunca había
sido mi devoción la fiesta, y mucho menos, los juegos con alcohol.
- A ver… - dijo mientras se sentaba en el mismo sofá que
estaba yo, con las piernas cruzadas encima del sofá, cual indio. Solo le
faltaba la corona de plumas. – es un juego para conocernos mejor, ¿vale? –
preguntó esperando mi respuesta. Yo asentí con la cabeza y ella continuó con su
explicación. – se trata de decir ‘Yo nunca…’ y si lo has hecho, bebes. ¿Lo
entiendes? – me miró expectante y yo negué con la cabeza.
- A ver… - repitió. – Yo
nunca… he regado una maceta. – puso el ejemplo mientras llenaba su vaso,
para bebérselo.
No pude más que
estallar en una sonora carcajada.
- ¿Ahora lo has entendido? – dijo intentando contener la risa
porque aún bebía. – Y te toca beber. – me riñó.
- Sí. Sí. Ahora sí. – dije llenando mi vaso con licor 43,
imitándola. – Yo nunca… He paseado un
perro. – y bebí las dos veces.
- Vamos bien... ¿Qué te parece si subimos un poco la temperatura
de las preguntas…? ¡Porque para este ritmo, también puedo traer a mi hermano pequeño!
– dijo preparando de nuevo los vasos.
Y así seguimos un buen rato entre risas y piques. Cuando
llevábamos más de media botella de licor 43, me levanté para ir al baño a
lavarme la cara para despejarme. O a intentarlo. Pues para llegar a él tenía
que atravesar todo el pasillo y subir las escaleras que separaban la primera
planta de la casa y la planta baja. Cuando conseguí atravesar totalmente el
pasillo quedaba lo más duro. Subir las escaleras. Agarrada como pude a la
barandilla, conseguí subir al piso de arriba; y me volvía a tocar recorrer el
pasillo de nuevo, en dirección contraria. Antes de llegar al lavabo, entré en
la última habitación, por equivocación. La habitación era gigante, con un
armario muy grande y preciosos espejos. Una cama doble, y a cada lado de esta,
una mesita de noche. En ellas había una lámpara, y una foto. En la de la mesita
de la derecha, una foto de Malú con Danka, y en la izquierda, una foto de Malú
con José y Pepi. Una preciosa estampa. Decidí salir sin hacer ruido, y continué
hacia el lavabo.
Cuando volví al salón me encontré con Malú mirando
expectante el móvil.
- ¿Ha pasado algo? – pregunté sentándome a su lado y poniendo
mi mano sobre su pierna.
- Pablo… Está venga a llamar. – me contó mientras me enseñaba
el móvil. En ese instante empezó a sonar el teléfono, se lo quité de las manos
y contesté.
- Sí. Sí, pero no se puede poner al teléfono. Está ocupada.
Claro. Sí, no te preocupes. Ya le digo yo que te llame. Adiós. – colgué.-
Petardo.
Vi como me miraba y sonreía.
- Gracias. – gesticuló con la boca sin soltar una palabra.
La abracé y noté como
sus manos se dirigían a mi cuerpo y comenzaba a hacerme cosquillas.
- ¡Malú! ¡Malú! ¡Para! ¡Por favor, para! – le rogué con las lágrimas
saltadas de la risa.
- ¡Gracias! – me susurró al oído.
- A ti. – le contesté de igual forma.
- ¿Seguimos jugando? – preguntó rellenando los vasos.
- Claro, empiezo a pillarle el truco al juego. – dije riendo.
- Va… ¡Empiezo yo! Yo…
Yo nunca… He echado un polvo con un rollo de una noche.
Y en esta ocasión bebimos los dos.
- Me toca… - dije yo, ya riéndome. – Yo nunca… He estado con una mujer.

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