jueves, 18 de septiembre de 2014

Capítulo 9. Ven a pervertirme.

Me quedé mirándola, con los ojos lo más abierto que podía. No me lo creía. Y así me quedé hasta que ella estalló en una risa y prosiguió hablando.

- Me has ayudado mucho, y ya ves. Hace tres días que te conozco, prácticamente. Nunca nadie me había dado tanta voluntad para seguir adelante. Para darle puerta. Para dejarlo.
Yo seguía sin contestar. No podía. No me salían las palabras.
- ¿Crees que lo he hecho mal? – preguntó con miedo.

No pude contestar. Me limité a mirarla a los ojos, y noté como poco a poco se dibujaba una sonrisa en mi cara que expresaba todo lo que sentía.
Cogió mis manos y suspiró. Yo seguía aun atenta a sus ojos, a su cara. A sus perfectos dientes blancos bien alineados, que se asomaban entre esos labios del pecado.
Lo único que me salió en ese momento fue abrazarla, abrazarla tan fuerte como me dejaron mis brazos y su respiración, aunque le dejé la justa para no ahogarla. Noté como su pecho subía y bajaba a un ritmo desacompasado, agudicé el oído y la escuché llorar flojito. Necesitaba soltar toda la mierda que el capullo de Pablo le había hecho tragar.

- ¡NO TE VUELVO A HACER CASO! – chillaba mientras salíamos disparadas de la lanzadera del parque de atracciones.
- ¿Pero a que sueltas adrenalina? – pregunté mirando hacia el infinito.
- ¡Demasiadaaaa! – gritó tan fuerte que nos escucharon las demás atracciones.

Cuando bajamos de la misma, nos tuvimos que sujetar la una a la otra porque íbamos tan mareadas que no lográbamos mantener el equilibrio. La verdad, que eso de los parques de atracciones estaba bastante bien, y aunque yo no era muy fan de los mismos ni de las atracciones, de vez en cuando iba, sobre todo cuando necesitaba que la adrenalina saliera de mí. Vas, te montas en unas cuantas atracciones y comes viendo el espectáculo que ofrecen los propios empleados del parque.
Mientras comíamos le expliqué que me había pedido el día libre mientras ella había entrado a su casa a cambiarse. Pues la noche anterior, por miedo a ir a casa y encontrarse a Pablo, la pasamos en mi hogar.

- Pero entonces, ¿qué es lo que quieres hacer? – preguntó con la boca casi llena de hamburguesa.
- ¡Pero termina de comer que se te sale la lechugaaa! – le contesté estallando en una gran carcajada al ver que se le caía de la hamburguesa.
- Vale, ya. – dijo limpiándose la boca de mahonesa. – A ver, ¿qué es lo que quieres? – preguntó curiosa.
- Pues es que estoy pensando en pedirme un año de excedencia. – puse cara de buena.
- ¡¿Y eso?! Juraría por cuando te vi en el hospital que tu trabajo te encantaba.
- Y es así, lo es. De verdad. Pero necesito cosas nuevas, emociones fuertes. – me sinceré. – Necesito un cambio de aires.
- Pues adelante. – me cogió la mano. – Ve a por tus sueños, que no hay mayor desafío que vivir.

El resto de la tarde transcurrió de forma tranquila, algún que otro viaje en las atracciones, una gran caminata, de un lado a otro del parque de atracciones, manchas de nata y chocolate en la cara, y muchos, muchos piques.

Salimos del parque cerca de las diez de la noche. Casi doce horas de adrenalina en estado puro. Puse rumbo a su hogar, aunque ella me pidió que si la dejaba de nuevo dormir en mi casa. Así que ni pasamos por la suya para recoger las cosas. Yo le dejaría alguna camiseta.


Llegó el sábado en la noche. Malú llevaba desde el jueves en mi casa. A esas alturas, pensábamos que ya Pablo habría hecho la maleta y se habría ido.

Llegamos y la primera reacción de Danka fue auparse sobre ella, colocando sus dos patas delanteras sobre los brazos de Malú, era gracioso, pues parecía que le estaba dando las manos para saludarla. Las pequeñas Rumba y Lola correteaban entre sus piernas, acostumbradas seguramente a lo que hizo segundos más tarde; ponerse en cuclillas y jugar con ellas. Estallaban en ladridos de felicidad, algunos más agudos y otros más graves. Giró su cabeza y me animó, levantando su mano y acercándola hacia ella, que me acercara a sus perras y jugara con ellas. A quien primero acaricié fue a Danka, la más grande de las tres perritas. Tenía el pelo muy suave, y aunque fui con miedo, la perra era muy cariñosa. Me llenó de lametones la cara y los brazos, y yo no podía para de reírme. A su dueña le hacía mucha gracia verme tirada en el suelo con su perra encima, y ambos yorkshires a cada lado de la cabeza; aunque estos últimos correteaban de Malú a mí y de mí a ella.

Cuando por fin conseguimos quitarnos a las perras de encima y entrar a la casa, todo estaba apagado y en silencio, menos mal. Lo que menos necesitaba en ese momento era encontrarme a Pablo con ella allí; esta era su zona. Aunque desde el otro día… No del todo.

Y aunque todavía no había hablado lo de la conversación que mantuve con él en el bar, con ella, no tenía demasiada prisa. Sabía lo que estaba viendo, y es que ella, cada vez, estaba más cercana a mí y más receptiva. No nos habíamos vuelto a besar desde que ella me lanzó al paraíso esa mañana cuando la dejé en la puerta de su casa. Pero… De momento, no hacía falta. Me bastaba con el roce de sus manos en las mías, sus caricias y alguna que otra estrofa que cantaba mirándome.
Subimos a la parte de arriba de su chalet, y me enseñó la habitación que apenas cuarenta y ocho horas antes compartía con su prometido. Vi como la nostalgia volvía a sus ojos, cuando se acercó al que me dijo, era el lado de la cama de Pablo. Cogió el marco de fotos que había en la mesilla, en la cual aparecía una imagen de ambos sonriéndose mutuamente. Y creedme, cuando digo que se les veía realmente felices. Ella tenía un brillo en sus ojos que no era normal. No lo era en una persona que no estuviera enamorada hasta las trancas. Porque eso, cuando lo estás de verdad, hasta a través de una imagen se nota…

- ¿Sabes? – dijo sentándose en el borde de la cama, supongo que para explicarme algo, aunque también para decírselo a sí misma. – Yo lo quise. De verdad. Lo amé. Pero esta vida, es así… Yo paso muchas horas fuera de casa. Él no podía acompañarme a casi ningún concierto porque trabajaba. Le ofrecí que se añadiera al equipo, para poder viajar como staff con nosotros y no pasar casi tiempo separados. Y yo, mirando por él, le sugerí que quedara con Marta… Yo confiaba en ella, yo confiaba en él. Y ya ves…

Eché mi brazo derecho sobre sus hombros y con mi mano acaricié su brazo derecho, mientras ella pasaba su brazo izquierdo por mi cintura y me atraía hacia ella. Nos miramos a los ojos las dos, sin mediar ni una sola palabra. Y vi, como poco a poco sus ojos cristalinos se rompían en mil, estallando en lágrimas silenciosas que llevaban toda la intención de recorrer su rostro, pero que vieron interrumpido su recorrido por mis besos. Cuando se tranquilizó, dejamos caer nuestra espalda sobre el colchón. Llevé mi mano libre hacia su cintura para hacer que recuperar el tiempo que antes había derrochado llorando, con risas. Y así fue. Y ese es el sonido más angelical que había escuchado hasta el momento. Una risa cierta, verdadera, liberada de problemas, sin preocupaciones. Pero su venganza fue peor. Colocó mis brazos sobre mi cabeza y puso cada pierna a cada lado de mi cuerpo, subida a la altura de la cintura. Y, que quede entre nosotros, que yo pensaba que en ese momento no me llegaba la sangre a la cabeza. Comenzó un torturador ataque de cosquillas por todo mi cuerpo, que hacía que me erizara completamente y hasta llorara de la risa. Después de rogarle como pude que parara, tuvo piedad de mí. Paró. Para mirarme a la cara, a los ojos. Para decirme tanto con una sola sonrisa.
Vi cómo se acercaba poco a poco a mí, y esta vez decidí que no iba a perder la oportunidad. Me incorporé, encontrándome con su boca, ya demasiado cerca de la mía. Y ahí nos perdimos. Diciéndonos todo lo que no nos habíamos dicho hasta el momento. Explorándonos la una a la otra, con fuerza, con ganas, con necesidad. Noté como sus manos agarraban mi nuca, y no pude evitar sonreír en medio del beso, mientras ella seguía devorándome, poco a poco.



-No sé qué estamos haciendo. No lo sé. Y no sé si quiero saberlo. Lo que sí sé, es que me encanta. – dijo antes de atacar mi cuello. 

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