Llegué al final de la cuesta que llevaba hasta la puerta del que había sido como mi hogar cuando había estado mal muchas veces; pues hay a quien le gusta refugiarse en el juego o en la bebida, a mí, sin embargo, me gusta refugiarme en el trabajo. Porque lo bueno que tiene trabajar con gente es que siempre, antes o después, al cabo del día te llevas alegrías. La inocencia de los niños al visitar a sus familiares, la alegría de las personas al ser dadas de alta...
Llegué envuelta en mis pensamientos hasta donde estaba Malú esperándome en su coche, aparcada a la sombra, pues en marzo a las tres de la tarde y a pleno sol, ya va haciendo calor.
-¿Cómo ha ido desde que te he abandonado? - preguntó con una sonrisa de oreja a oreja y colocándome bien un mechón de pelo que me caía por la sien.
- Pff... Demasiado duro sin ti. Me acostumbro a trabajar contigo allí y claro...- suspiré.
- Si es que te has ganado un bocao. - dijo con su tono andaluz tan característico antes de coger mi brazo y recorrerlo a besos y terminar con ese mordisco, el cual me había anunciado previamente.
Llegué envuelta en mis pensamientos hasta donde estaba Malú esperándome en su coche, aparcada a la sombra, pues en marzo a las tres de la tarde y a pleno sol, ya va haciendo calor.
-¿Cómo ha ido desde que te he abandonado? - preguntó con una sonrisa de oreja a oreja y colocándome bien un mechón de pelo que me caía por la sien.
- Pff... Demasiado duro sin ti. Me acostumbro a trabajar contigo allí y claro...- suspiré.
- Si es que te has ganado un bocao. - dijo con su tono andaluz tan característico antes de coger mi brazo y recorrerlo a besos y terminar con ese mordisco, el cual me había anunciado previamente.
- Auuu, me has hecho daño. -dije fingiendo dolor y poniendo pucheros.
- No te quejes, que no te hice daño.- sonrió.- Y la despedida... ¿Cómo fue? -preguntó, dejando ver su preocupación sobre el tema.
Y yo he de admitir que morí de amor ante sus dientes blancos tan perfectos.
Proseguimos la conversación ya con rumbo hacia su hogar. Se había propuesto demostrarme, por segunda vez, sus dotes culinarias. Y yo tenía ganas, y mucha curiosidad, de saber cómo cocinaba María Lucía Sánchez Benítez...
Llegamos cerca de las cuatro y media. Había mucho atasco. Y fue gracioso verla en él. Desesperada. Le faltaba coche para estar. Los atascos desquician a todo el mundo. Pobre, ella no estaba acostumbrada a la vida de cualquier trabajador normal. Aunque ella también trabaja lo suyo, e incluso más que cualquiera en época de gira, no son los mismos e insufribles horarios...
Al bajarnos de su Q7, vinieron rápido los animalillos a saludarnos. Malú a penas había estado un par de horas fuera y ya la echaban de menos, parecía que acabara de volver de un viaje largo... No hay nada como el amor de un animal para sacarte una sonrisa.
- Pfff... Pero qué bueno estaba todo. - dije echándome hacia atrás en la silla y levantándome la camiseta para acariciarme la tripa.
- No te pases, que solo ha sido una ensalada y unos macarrones con tomate y atún. - rió.
- Pero nunca he probado tal manjar así de sencillo.
- Mi más que amiga se está poniendo en modo peloteo... ¿O solo lo veo yo?
- Solo lo ves tú. - dije sacándole la lenga a modo de burla.
Pasamos esa tarde viendo Dirty Dancing, una y otra vez. Y otra. Hasta tal punto que puedo decir que me aprendí los diálogos de memoria. Aunque para ese momento, ella ya se los sabía.
Por la noche, mientras preparábamos las dos la cena, tocaron el timbre. Me miró y la miré, se notaba que nos preguntábamos quien podía ser. Aguanté la respiración mientras ella iba a abrir la puerta. Y volví a poder respirar en el momento en el que escuché a Malú saludar a su hermano José.
- ¡Ada! Está aquí mi hermano, ¡se queda a cenar! - dijo entrando por la puerta de la cocina con él arrastrando,
- No he dicho eso... - dijo José tímido entrando por la puerta.
- ¡Hola!- fui a saludarlo. Y tras dos besos proseguí. - Sí hombre... Es la casa de tu hermana... ¡Quédate! Invita ella. - le hice una burla a ella.
- ¡Ah bueno! - dijo el descendiente de los de Lucía. - Si es así... Claro que me quedo. - dijo echándole el brazo por encima a su hermana,
Pasamos la noche entre risas. Después de cenar jugamos un rato al twister, ese juego con el que vas apoyando las extremidades que dice el tablero, sin poder caerte ni moverte. Malú nos dio una señora paliza a ambos. Qué elasticidad tenía.
Yo tuve un momento algo vergonzoso con ella. Nuestras ojos se cruzaron y nuestras bocas quedaron muy cerca una de la otra. La tensión se palpaba en el ambiente aunque José parecía no darse cuenta de nada. Me costó contenerme. Y, por la expresión de su rostro, creo que a ella también.
Cerca de las dos de la mañana marché a mi casa, cuando su hermano decidió que se iba. Me moría por quedarme con ella en casa, y sobre todo cuando me miró entristecida; pero ambas entendimos que no podíamos explicárselo a su hermano de ninguna manera. José me acercó a casa, y justo cuando llegué a mi planta, me llegó un WhatsApp de Malú.
Malú: ¿Has llegado sana y salva con el temerario de mi hermano?
Ada: Me gusta más como conduce él que como conduces tú. (Y añadí un icono de la cara del ojo guiñado sacando la lengua).
Malú: Pues a partir de ahora que te haga el de chófer. Y las citas con él.
Y se salió de WhatsApp.
Ada: ¡No me digas eso! Vuelve...
Supliqué.
'Malú llamando' apareció en la pantalla. Y una sonrisa apareció en mi rostro.
Y así, entre unas cosas y otras, llegó el catorce de Marzo. Un gran día. Solo faltaban veinticuatro horas para su trigésimo primer cumpleaños.
- ¿Entonces hoy vas con tu familia? - preguntó al otro lado de la línea.
- Sí, mi madre quiere que nos juntemos todos... Que a lo tonto llevo tela sin verles. - mentí. Aunque lo de mi familia no era mentira, lo de que iba a verlos... Sí.
Ese día lo dediqué a terminar su regalo. Preparé una gran caja, la cual llené de confeti y papeles. Dejé chucherías y post it sueltos entre los regalos. En ella introduje un CD que previamente había preparado con las canciones que me recordaban a ella, o que encajaban perfectamente con nuestra situación y que sabía que le gustaban, una carta en la que le resumía todo lo que pensaba o sentía. Su fragancia favorita, esa que no tenía muy claro si María Lucía olía a ella, o la fragancia olía a Malú. Y la versión de coleccionista de su serie favorita.
A las seis de la tarde me planté en la puerta de su casa. Le toqué el timbre, y me escondí, para que no me viera por el telefonillo. Tras conseguir esconder la risa que me salió al ver que preguntaba como loca quién se hallaba tras la puerta, colgó. Volví a llamar, y repetimos la misma escena, solo que ella un poco más alterada. Y de nuevo intenté repetir la escena, solo que esta vez no descolgó.
La llamé al móvil, pero tampoco obtuve respuesta. Y las siguientes veces que lo intenté, tampoco.
Cuando desesperada me decidí a montarme en el coche, ya que pensaba que se había enfadado de verdad, salió de su casa.
- ¿A que no sienta bien? - preguntó riéndose.
- ¿Sabías que era yo? - dije dándome la vuelta.
- La cámara tiene más alcance del que crees. Y cuando te vi, pensé en decírtelo. Pero al ver como te reías, o intentabas reírte de mí, decidí dejarte, a ver cuántas veces más lo hacías.
- Qué malas sois las mujeres...
- Dijo la sartén al cazo... - dijo riéndose y cogiendo mi camiseta para arrastrarme hacia el interior de la vivienda.
Nos tumbamos en su sofá y comenzamos a recuperar ese tiempo que habíamos perdido aquella noche en el hospital. Pero, para nuestra sorpresa, cuando me deshice de su camiseta y ella de la mía, unas llaves abrieron la puerta de la entrada, y aunque intentamos vestirnos a toda prisa, la puerta del salón se abrió, haciendo que Pablo nos encontrara dentro, y sin camiseta.
- ¡Ada! Está aquí mi hermano, ¡se queda a cenar! - dijo entrando por la puerta de la cocina con él arrastrando,
- No he dicho eso... - dijo José tímido entrando por la puerta.
- ¡Hola!- fui a saludarlo. Y tras dos besos proseguí. - Sí hombre... Es la casa de tu hermana... ¡Quédate! Invita ella. - le hice una burla a ella.
- ¡Ah bueno! - dijo el descendiente de los de Lucía. - Si es así... Claro que me quedo. - dijo echándole el brazo por encima a su hermana,
Pasamos la noche entre risas. Después de cenar jugamos un rato al twister, ese juego con el que vas apoyando las extremidades que dice el tablero, sin poder caerte ni moverte. Malú nos dio una señora paliza a ambos. Qué elasticidad tenía.
Yo tuve un momento algo vergonzoso con ella. Nuestras ojos se cruzaron y nuestras bocas quedaron muy cerca una de la otra. La tensión se palpaba en el ambiente aunque José parecía no darse cuenta de nada. Me costó contenerme. Y, por la expresión de su rostro, creo que a ella también.
Cerca de las dos de la mañana marché a mi casa, cuando su hermano decidió que se iba. Me moría por quedarme con ella en casa, y sobre todo cuando me miró entristecida; pero ambas entendimos que no podíamos explicárselo a su hermano de ninguna manera. José me acercó a casa, y justo cuando llegué a mi planta, me llegó un WhatsApp de Malú.
Malú: ¿Has llegado sana y salva con el temerario de mi hermano?
Ada: Me gusta más como conduce él que como conduces tú. (Y añadí un icono de la cara del ojo guiñado sacando la lengua).
Malú: Pues a partir de ahora que te haga el de chófer. Y las citas con él.
Y se salió de WhatsApp.
Ada: ¡No me digas eso! Vuelve...
Supliqué.
'Malú llamando' apareció en la pantalla. Y una sonrisa apareció en mi rostro.
Y así, entre unas cosas y otras, llegó el catorce de Marzo. Un gran día. Solo faltaban veinticuatro horas para su trigésimo primer cumpleaños.
- ¿Entonces hoy vas con tu familia? - preguntó al otro lado de la línea.
- Sí, mi madre quiere que nos juntemos todos... Que a lo tonto llevo tela sin verles. - mentí. Aunque lo de mi familia no era mentira, lo de que iba a verlos... Sí.
Ese día lo dediqué a terminar su regalo. Preparé una gran caja, la cual llené de confeti y papeles. Dejé chucherías y post it sueltos entre los regalos. En ella introduje un CD que previamente había preparado con las canciones que me recordaban a ella, o que encajaban perfectamente con nuestra situación y que sabía que le gustaban, una carta en la que le resumía todo lo que pensaba o sentía. Su fragancia favorita, esa que no tenía muy claro si María Lucía olía a ella, o la fragancia olía a Malú. Y la versión de coleccionista de su serie favorita.
A las seis de la tarde me planté en la puerta de su casa. Le toqué el timbre, y me escondí, para que no me viera por el telefonillo. Tras conseguir esconder la risa que me salió al ver que preguntaba como loca quién se hallaba tras la puerta, colgó. Volví a llamar, y repetimos la misma escena, solo que ella un poco más alterada. Y de nuevo intenté repetir la escena, solo que esta vez no descolgó.
La llamé al móvil, pero tampoco obtuve respuesta. Y las siguientes veces que lo intenté, tampoco.
Cuando desesperada me decidí a montarme en el coche, ya que pensaba que se había enfadado de verdad, salió de su casa.
- ¿A que no sienta bien? - preguntó riéndose.
- ¿Sabías que era yo? - dije dándome la vuelta.
- La cámara tiene más alcance del que crees. Y cuando te vi, pensé en decírtelo. Pero al ver como te reías, o intentabas reírte de mí, decidí dejarte, a ver cuántas veces más lo hacías.
- Qué malas sois las mujeres...
- Dijo la sartén al cazo... - dijo riéndose y cogiendo mi camiseta para arrastrarme hacia el interior de la vivienda.
Nos tumbamos en su sofá y comenzamos a recuperar ese tiempo que habíamos perdido aquella noche en el hospital. Pero, para nuestra sorpresa, cuando me deshice de su camiseta y ella de la mía, unas llaves abrieron la puerta de la entrada, y aunque intentamos vestirnos a toda prisa, la puerta del salón se abrió, haciendo que Pablo nos encontrara dentro, y sin camiseta.

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