domingo, 31 de agosto de 2014

Capítulo 1. Ahora tú.

Daban ya las 20:15, y aun esperaba como una desesperada que saliera mi maleta por la cinta del aeropuerto. Llevaba ya cosa de una hora esperando, y la gente pasaba y pasaba, llegaban y se marchaban, venía gente de todas partes; algunos a recoger a sus familiares, y otros, a despedirlos. Aún recuerdo el bonito reencuentro entre un militar y su mujer e hijos, por lo que se pudo observar, llevaba mucho tiempo lejos de ellos.
A las 22:30, ya desesperada me acerqué al mostrador de información para preguntar por mi equipaje, y allí comenzó mi historia.
- Hola, buenas noches. Verá, aterricé a las 19:20 del vuelo F380 procedente de México y llevo desde entonces esperando mi equipaje. Me gustaría saber si hubo algún problema con el mismo…
- Buenas noches – me dijo la malhumorada auxiliar de vuelo.- Espere que compruebe su vuelo… -              Y comenzó a mirar su ordenador y a teclear rápidamente.- Mmmh… Pues según aparece aquí, no. No ocurrió ningún incidente. ¿Podría facilitarme el localizador de su maleta?
- Claro. XLGHU199582.
- Un segundo y lo compruebo... Pues su equipaje fue retirado.  Solo queda esperar que quien lo haya retirado llame para ponerse en contacto con nosotros. Y en cuanto eso suceda, nosotros mismos nos pondremos en contacto con usted.
- Muchas gracias. – dije con el ánimo por los suelos y poniendo rumbo a casa, con lo que llevaba puesto y la maleta de mano.
Cuando llegué a casa me tumbé encima de mi cama, llamé a mis padres para avisar de que ya estaba sana y salva en mi hogar, y conecté con el mando a distancia la minicadena de mi habitación. Empezó a sonar ‘Ahora tú’ en cadena Dial. Malú. En mis 27 años siempre que había podido la había escuchado. Su música es celestial. Que tranquiliza y relaja mis sentidos. La verdad, que no me venía nada mal escucharla, pero no era una buena canción… Malos recuerdos de relaciones pasadas, supongo. Y cuando los revives, siguen doliendo.
Sonaba como un taladro en mi cabeza. Mierda. El móvil no paraba de sonar. Eran las 08:00 de la mañana. Me había quedado dormida con la minicadena encendida y tumbada encima de la cama.
- ¿Diga? – descolgué el teléfono.
- ¿Señorita Ada Haro? – dijo una voz un tanto estridente para esas horas.
- Sí, soy yo. ¿Quién habla?
- Le llamo del aeropuerto Adolfo Suárez, de Madrid. Por una nota que tengo aquí que me dejó mi compañera ayer noche, sobre una pérdida de equipaje, ¿puede ser?
- Sí, exactamente.
- Verá, ya tenemos localizado el mismo. ¿Podría apuntar el teléfono de contacto que nos ha facilitado la chica que lo tiene?
- Claro, un segundo. – Busqué en la habitación un papel y un boli.  Dígame. – Así apunté un número que poco tiempo después me aprendería muy, muy bien.
Cuando terminó la llamada, fui a ducharme y a prepararme el desayuno, total, lo mismo sería recoger la maleta una hora antes o después.
- ¿Diga?
- Hola… Buenos días. ¿María Lucía?
- Buenos días. Sí, soy yo. ¿Quién llama? – Me dijo una voz que me resultaba familiar, pero no sabía de qué.
- Verá. Soy Ada Haro. Me llamaron del aeropuerto para facilitarme su número porque usted llamó al mismo diciendo que se llevó por error mi equipaje.
- Así es… Las cosas que tiene no poder recogerlo tú misma – escuché una carcajada vergonzosa al otro lado del teléfono.
- Claro. – sonreí sonoramente para que lo escuchara, pero sin entenderlo. ¿Qué clase de persona regresa de un viaje y no recoge personalmente su equipaje?
- Pues… ¿Cuándo le viene bien que nos veamos para recogerlo?
- Cuando usted me diga, no quiero ser molestia para nada…
- No molesta, señorita Haro. Verá… Hoy no tenía pensado salir de casa, pero nos podemos ver en Majadahonda… ¿Lo conoce?
- Sí, muy bien la verdad. De pequeñita viví allí y mis padres siguen allí.
- ¡Anda! Qué casualidad. Yo también. ¿Conoces el parque que hay a la entrada?
- La verdad que sí. Y claro que lo conozco. – dije con un tono feliz recordando parte de mi infancia.
- ¿Y la cafetería de Julián? Que está justo enfrente del parque.
- ¡Por supuesto! Gran amigo de mi padre.
- Pues… Le hace que nos veamos allí a las… - dejó en suspense la hora, así que decidí continuar la conversación.
- …. ¿A las 19:30?
- ¡Perfecto! ¡Me lo ha quitado de la lengua! Pues allí nos vemos, a las 19:30. ¡Un saludo! – y no me dio tiempo a contestar, pues colgó.


Ya que tenía que ir para Majadahonda, llamé a mi madre y se lo comenté. Ella, por supuesto, me dijo que pasara por allí, y que fuera a comer, que estaban mi hermana y mis sobrinos para comer.
A la hora de comer puse rumbo hacia allá, y no tardé mucho, unos veinte minutos. Comer en buena compañía hace que el tiempo pase rápido. Y así pasó.
 Llegaron las 19:00 y puse rumbo al bar, andando. Así me daría un paseo. Llegué a la cafetería sobre las 19:25. Había gran revuelo, y no entendía el motivo. Pues no vi nada extraño en el comportamiento de los vecinos…
Fui a sentarme en la mesa de siempre, cuando recibí una llamada. El número al que llamé esa mañana.
- ¿Diga?
- ¿Ada?
- Si, dígame. – Oh no, no me digas que vas a llegar tarde, por dios…
- Ya estoy aquí, donde acordamos. Solo es para avisarle de que le diga a Julián de que le pase al reservado, pues con el barullo que se formó, tuve que entrar a esta sala.
- Eh… Claro. No se preocupe. Ahora mismo entro. – Y colgué el teléfono, esta vez sin despedirme yo.
¿De qué iba esta historia? ¿Por qué la mujer que tiene mi maleta tiene que estar en la sala reservada? ¿Qué tiene de especial?
Busqué a Julián y le expliqué el problema de la maleta. Cuando terminé, me llevó hasta la sala. Tocó tres veces seguidas, y dos más espaciadas. Y se oyó un pestillo quitarse. Abrió un hombre alto, vestido de negro y con gafas de sol. Me dejó pasar y me indicó por donde tenía que entrar.
- ¡Hola! – me saludó una chica que se dio la vuelta.

- Ho… Hola… - me quedé helada. No me llegaba la sangre a la cabeza. – Ma... ¿Malú?

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