Llegué a casa y recorrí el pequeño espacio que
separaba el recibidor de mi habitación. Cuando entré a la habitación me tumbé
encima del colchón sin deshacer siquiera las sábanas que lo cubrían. Y, antes
de darme cuenta, ya me había dormido.
Desperté sin saber muy bien donde estaba. Entreabrí
los ojos buscando el reloj para saber qué hora marcaba. 13:34. Llevaba solo 4
horas durmiendo, y parecía que un camión me había pasado por encima.
Últimamente llevaba días sin dormir lo aconsejado, y se echaba en falta.
Escuché el móvil sonar, y corrí por toda la casa,
esperanzada de que fuera Malú. Y así fue.
- Buenas tardes dormilona.
- Ya llevo un buen rato despierta, monería. -dije.
- ¿Y no me has llamado? Eso está muy mal. - espetó.
- Esperaba su llamada como buena niña. - contesté con voz infantil.
- ¡Tengo noticias frescas para tus oídos! - cambió el tema radicalmente. Y a mí eso comenzaba a hacerme gracia, lo hacía a menudo.
- ¿Debo temerte? - pregunté con una falsa inseguridad.
- Quien sabe. - sonrió, con una de esas sonrisas que se notan al otro lado de la línea. - ¿A las siete te viene bien?
- ¡Vale! Pero... ¿Dónde?
- Paso yo a recogerte.
- ¡Ah claro! ¿A P. Sherman, calle Wallaby Way 42, Sydney? - dije, burlándome de ella.
- Vale, pero entonces tendré que ir saliendo ya. - dijo como pudo antes de estallar en una sonora carcajada.
- Si no sabes donde vivo... Es difícil que vengas, ¿no crees? - contesté yo también riéndome.
- Pensaba que te darías cuenta de que es una forma disimulada de pedirte tu dirección, y que no me ibas a mandar a Sydney. Pero tú no dejas de sorprenderme.
- Gracias, gracias. Me siento elogiada.
Al otro lado de la línea se oyó una gran carcajada, le di mi dirección y entre risas, terminamos la conversación.
- Ya llevo un buen rato despierta, monería. -dije.
- ¿Y no me has llamado? Eso está muy mal. - espetó.
- Esperaba su llamada como buena niña. - contesté con voz infantil.
- ¡Tengo noticias frescas para tus oídos! - cambió el tema radicalmente. Y a mí eso comenzaba a hacerme gracia, lo hacía a menudo.
- ¿Debo temerte? - pregunté con una falsa inseguridad.
- Quien sabe. - sonrió, con una de esas sonrisas que se notan al otro lado de la línea. - ¿A las siete te viene bien?
- ¡Vale! Pero... ¿Dónde?
- Paso yo a recogerte.
- ¡Ah claro! ¿A P. Sherman, calle Wallaby Way 42, Sydney? - dije, burlándome de ella.
- Vale, pero entonces tendré que ir saliendo ya. - dijo como pudo antes de estallar en una sonora carcajada.
- Si no sabes donde vivo... Es difícil que vengas, ¿no crees? - contesté yo también riéndome.
- Pensaba que te darías cuenta de que es una forma disimulada de pedirte tu dirección, y que no me ibas a mandar a Sydney. Pero tú no dejas de sorprenderme.
- Gracias, gracias. Me siento elogiada.
Al otro lado de la línea se oyó una gran carcajada, le di mi dirección y entre risas, terminamos la conversación.
Aún quedaban casi dos horas para que Malú llegara a
casa. Y en ese momento recibí una llamada, de un número desconocido.
Pablo. Por mucho que me doliera, su Pablo. Me citó en media hora en el bar que
conocí a Malú. Así que puse rumbo hacia el mismo. Me pidió que por favor no le
dijera nada a la artista, y así fue.
Cuando él llegó yo ya estaba sentada en mi mesa y con
un café.
- Buenas tardes. - dijo cuándo se sentó.
- Hola. - dije yo seca. Me miró extrañado cuando no correspondí su saludo de la misma manera. Pero, tenerlo ante mí, no eran las buenas tardes que yo deseaba. - ¿Me puedes decir ya para qué me citaste?
- Verás... Es Malú.
En ese momento noté como mis cinco sentidos, se ponían alerta. Tenía miedo de lo que me podría decir. ¿Nos habría visto por la mañana? No, no. María Lucía me habría dicho algo.
- ¿Ha pasado algo? - dije preocupada.
- La noto rara... Distante conmigo. Hace unos días no era así conmigo...
- ¿Le has hecho algo? - me hice la inocente ante él. Le estaba cogiendo mucho asco.
- Yo no, solo quererla. Pero se ha empeñado en que estoy con su amiga.
- ¿Marta? Estuvo el otro día en el hospital, y la habitación estaba bastante caldeada.
- Hola. - dije yo seca. Me miró extrañado cuando no correspondí su saludo de la misma manera. Pero, tenerlo ante mí, no eran las buenas tardes que yo deseaba. - ¿Me puedes decir ya para qué me citaste?
- Verás... Es Malú.
En ese momento noté como mis cinco sentidos, se ponían alerta. Tenía miedo de lo que me podría decir. ¿Nos habría visto por la mañana? No, no. María Lucía me habría dicho algo.
- ¿Ha pasado algo? - dije preocupada.
- La noto rara... Distante conmigo. Hace unos días no era así conmigo...
- ¿Le has hecho algo? - me hice la inocente ante él. Le estaba cogiendo mucho asco.
- Yo no, solo quererla. Pero se ha empeñado en que estoy con su amiga.
- ¿Marta? Estuvo el otro día en el hospital, y la habitación estaba bastante caldeada.
Y en ese momento me di cuenta de que sí. De que Malú llevaba razón. De que sus sospechas no eran irreales. Que eran tan certeras como que los perros ladran y los gatos maúllan. Sus mejillas, antes rosadas, se volvieron un poco más pálidas a cada palabra que le dedicaba. Sus ojos se abrieron, tanto, que parecían platos, y sus pupilas se dilataron a gran velocidad, haciendo que sus ojos azules, se volvieran casi negros en pocos segundos. Se notaba que le costaba hasta tragar saliva. Me miraba directamente a los ojos, intentando encontrar las palabras, los argumentos necesarios para defenderse, pero parecía no encontrarlos.
- Mira, Pablo. – dije con cierto tono de enfado. – Yo no soy quien para meterme en vuestra relación. – o tal vez sí, pensé. – pero por lo que he conocido a Malú estos días sé que es una persona que se entrega totalmente a alguien. Que cuando quiere, quiere de verdad. Que se da en cuerpo y alma. – aunque de lo primero, a mi aún no me había correspondido nada.- Así que tú sabrás. Pero si no vas a estar con ella como se merece, mejor déjala tranquila. Se merece a alguien que la haga feliz, y lo sabes.
- Sí, y no te lo niego. – contestó serio. – Y yo la quiero. La
quiero como a nadie. – hizo una pausa antes de continuar. – Pero lo nuestro
hace mucho que no avanza. Que la siento lejos.
- ¿Y no será por lo que le has hecho con Marta? – dije,
asesinándole con la mirada.
- Seré un capullo. Pero es que Marta me pone tanto… - suspiró.
- Demasiado capullo para mi gusto. No sé cómo Malú no se
atragantó contigo el primer día. Eres… Eres… No sé lo que eres. – dije
enfadada.
- Un poco de respeto, ¿no? Ni que tú fueras aquí… - dejó en el
aire, en un intento de defenderse.
- Pues te sorprenderás. Pero soy quien le ha devuelto la
sonrisa a la cara a la que se supone que es tu prometida.
- Y lo es. Pero al fin y al cabo, tú solo eres una amiga, y
yo, yo tengo una fecha para casarme con ella. – me miro y sonrió victorioso,
brindando con el aire ese movimiento que había supuesto su jaque mate a la partida.
En ese momento sentí un pinchazo dentro de mí. Un pinchazo que llegó hasta el fondo de mi pecho, que me hizo retorcerme. ¿Una fecha para casarse? ¿Qué había sido yo para ella entonces? ¿Una vía de escape para no estar mal?
- Siendo así, yo como bien has dicho, solo soy una amiga, y
esta amiga no te puede decir nada, ni ayudar. No sé nada. – dije con todo el
dolor de mi corazón. – Y, ahora, si me disculpas, me tengo que marchar. – y con
las mismas me levanté, pagué mi consumición en la barra y me marché sin esperar
a que se despidiera.
Me monté en el coche, y antes de poner dirección a mi casa, quería pasar por el chalet de Malú. Fui callejeando con el coche, los semáforos y los peatones me harían distraerme, no ir pensando en todo lo que había hablado con Pablo unos minutos antes. Cuando llegué a la puerta de la misma, observé como su Q7 blanco salía del garaje y se ponía en marcha; y por lo que parecía, dirección a mi casa.
La seguí cual espía, y dimos un poco de rodeo. Vi como paró ante una floristería y salía con una rosa. Condujo unos pocos metros más y volvió a parar; en esta ocasión, ante un supermercado, de barrio, y ahora, tardó un poco más. Cuando salió de esta, se volvió a introducir en el coche. Volvió a coger la autovía y salió por la salida que llevaba hasta mi hogar. En ese momento dejé de seguirla y conduje por un atajo para llegar unos minutos antes que ella y que me diera tiempo a subir a casa.
Justo cuando cerraba la puerta, el telefonillo sonó, y mi corazón, aunque yo en ese momento no lo deseaba, se disparó. Descolgué el mismo y la vi ahí, vistiendo sus gafas de sol, una gorra y su sonrisa; y aunque las dos primeras la hicieran pasar desapercibida, su sonrisa era demasiado característica de ella. Le abrí y tardó unos minutos en subir los once pisos.
- ¿No te gustan los ascensores? – dije cuando entró y se apoyó en la puerta, previamente cerrada, exhausta.
- No jodas que hay ascensor. – dijo intentando tomar aire.
- Exactamente, dos. Y justo debajo de las escaleras. – reí.
- Gracias, para la siguiente ya lo sé, si salgo de esta y no
me muero.
- ¡Pero si has tardado una eternidad! No puedes estar cansada.
– espeté.
- Ahora hacemos una competición, a ver quién tarda menos, y
acaba menos agotada.
- Acepto el reto.- contesté. Y escuché como reía.
Imité su gesto de la noche anterior y le enseñé la casa. Esta vez el tour fue más corto, pues mi casa poco tenía que enseñar. Una cocina, en la cual dos no cabían, una sala de estar, un baño y una habitación; lo que es una habitación para una pareja sin niños. Pues, intimidad, había poca. Cuando acabamos, nos sentamos en el sofá.
- Bueno… ahora se supone que llega tu turno, ¿qué son esas noticias frescas para mis oídos? – dije utilizando sus propias palabras de hace unas horas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario