sábado, 20 de septiembre de 2014

Capítulo 10. Sabes bien.

Notaba como sus manos acariciaban mi pelo mientras sentía como ella se estremecía bajo las yemas de mis dedos. Nos decíamos mil cosas sin pronunciar ni una sola palabra. Solo nos comíamos una a la otra. Solo nos pedíamos, sin pedirlo, que ese momento no cesara. Me moría de ganas de hacerla mía, de que se deshicieran los últimos nudos que existían dentro de su alma, pero no era todavía el momento. Nos faltaban horas en el reloj, el tiempo parecía volar, pues dicen que cuando estás en buena compañía o estás pasando un rato agradable el tiempo va deprisa. Pero en este caso, el tiempo voló.

Dieron las seis de la mañana, y seguíamos despiertas mirándonos, sonriéndonos, dándonos algún que otro beso suelto. No hablábamos, no nos decíamos nada, nos comíamos con la mirada, y eso parecía que nos era suficiente.
Ella fue poco a poco entrecerrando los ojos, y, aunque luchaba por mantenerlos abiertos, llegó un momento en el que se le cerraron solos y pasaron unas horas hasta que los volvió a abrir. Yo me quedé mirándola, y poco antes de que se despertara, me levanté a prepararle el desayuno; aunque, a decir verdad, me costó llegar hasta la cocina.

- Mmm… Qué bien huele. – dijo bajando las escaleras.
- ¡Ya iba a subir a despertarte, marmota!
- ¿Qué has preparado? – se sentó en uno de los taburetes altos que tenía alrededor de la barra americana.


- Hice unos croissants con mantequilla, tostadas, partí fruta, un zumo de naranja recién exprimido para ti, un batido de fresa y café calentito. – contesté mirando la mesa, para asegurarme que no me dejaba nada sin decir.
- ¿Pero tú desde que hora estás despierta? – preguntó cogiendo el café y dándole un bocado a la tostada.
- No he dormido, directamente.
- ¿La cama no era cómoda? ¿Algún problema…? – dijo preocupada.
- No, simplemente me dediqué a observarte mientras dormías.
- Vaya… Me vas a sonrojar desde primera hora de la mañana. ¿Ibas a demostrarme tus dotes de cocinera con este buffet libre que has preparado?
- No es para tanto, es que como siempre cocino para mi sola… Pues no mido bien las cantidades. – sonreí viendo como disfrutaba esa mañana de la comida. Se había levantado con hambre.
- ¿Quieres quedarte a comer? – preguntó.
- Me encantaría, pero no... No puedo. Entro hoy a las tres y media y salgo mañana a las tres y media. Aunque mañana por la mañana me tomaré un pequeño descanso para lo de la excedencia.
- ¿Solo descansas mañana por la mañana? – contestó mientras se levantaba a dejar algunos platos en el lavavajillas.
- Bueno, realmente sí. Por la noche, normalmente estamos varias y nos turnamos, pero hoy me toca a mí sola porque la planta no tiene mucha gente. Así que, esta noche me toca guardia. Y con el sueño que llevo atrasado, me va a costar no dormir.
- Te haré compañía con el móvil, si quieres.
- Claro, a ver hasta cuando aguantas… - le guiñé un ojo y ella contestó de igual forma.


Me dejó en la puerta del hospital a las tres de la tarde, media hora antes de que empezara a trabajar para que mis compañeras me pusieran al día, pues ya llevaba demasiados días pidiendo días de descansos y no sabía cómo estaba la planta.

- ¡Pero qué ven mis ojos! – gritó Julia, desde el otro lado del control de enfermería.
- ¿Qué pasa? – pregunté haciéndome la loca. Sabía perfectamente que se refería a mí, por todos los días que había estado sin pisar el hospital.
- Tú, que apareces cuando quieres. Con el mes de vacaciones que llevas, y ahora esto… Que a lo tonto llevas 3 o 4 días sin aparecer…
- He estado liada, asuntos personales, ya sabes. – intenté zafarme como pude de ella, pero me conocía demasiado bien.
- Ya… ¿Y no hay nadie por ahí, pillina?
- No… ¿Quién va a haber? Sabes que desde que lo dejé con esta…. - no quería ni pronunciar su nombre. Maldita bastarda.
- Pero ya va siendo hora de que recuperes la ilusión y la confianza con otra persona, ¿no crees? – dijo girándome la cara para que la mirase.
- Sí, y a partir de martes lo haré. ¡Me voy a tomar una excedencia de un año!
- ¿Pero qué dices loca? Conforme están las cosas…
- Lo sé, pero este agobio me está matando. Voy a buscarme a mí misma. – sonreí.
- Adelante, aunque de mí no te vas a escapar. Y nos veremos para tomarnos nuestra religiosa cerveza una vez al mes.
- Claro que sí, como tiene que ser, esas buenas costumbres no se pueden perder.

Julia era mi amiga, mi compañera de toda la vida. Nos conocimos cuando ambas entramos al instituto, con doce añitos, y ya teníamos veintisiete. Fue una gran casualidad, pues las dos estuvimos siempre en los mismos cursos; hasta repetimos juntas cuarto de E.S.O. En bachillerato, con tantas cosas por estudiar nos distanciamos un poco, pero cuando hicimos selectividad, volvimos a retomar nuestra amistad como si nada. Y supongo, que de eso se tratan las amistades, de que pase el tiempo que pase, a veces sin hablar y otras muchas incluso sin poder verse, cuando se produce el reencuentro, ocurre como si nada hubiera pasado.
Cuando comenzamos la carrera, nos fuimos a un piso de estudiantes. No vivíamos muy lejos de nuestras casas, a poco más de una hora, pero fue lo mejor para poder centrarnos en los temarios. Ella se echó novio, y yo me eché novia… Una mala decisión que hasta años después no lo supe ver. Julia me decía que ella no era buena compañía, que no me hacía bien, pero yo, como buena enamorada, caía siempre, una y otra vez. Existieron momentos en los que hasta llegué a pensar que el mundo estaba en nuestra contra, que nadie, ni mi propia familia ni la que era como mi hermana querían que yo fuera feliz, por el hecho de que era una mujer con la que yo quería compartir mi vida. Pero no, no era así. Y con tiempo, he conseguido entender que eso era lo que ella quería que pensara.

Daban ya las once y media de la noche cuando hice la última ronda por las habitaciones para asegurarme de que todos los pacientes estaban acomodados y no les faltaba nada para pasar la noche en tranquilidad. El carrito con el refrigerio de media noche ya había pasado dándoselo a los enfermos que lo solicitaron. La compañera que me había hecho compañía esa tarde, ya se había marchado. Fue justo después de apagar las luces del pasillo cuando noté como vibraba mi bolsillo. ‘Malú llamando’ aparecía en mi pantalla. Descolgué.

- ¡Hola! – contesté ilusionada.
- Buenas noches – dijo ella bajito.
- ¿Por qué hablas tan flojito? ¿Ha pasado algo? – pregunté asustada.
- No, nada. Solo que donde estoy no se puede hablar muy alto. – noté como sonreía al otro lado de la línea.
- ¿Y dónde estás?
- Ya te contaré mañana cuando salgas de trabajar. Pasaré a recogerte a las tres y cuarto, por si te puedes escapar un ratito antes. Te he llamado porque me apetecía oírte. Llevas todo el día, desde que te dejé en la puerta, desaparecida.- me regañó.
- ¡Vale! Lo intentaré. Lo sé, perdóname, he tenido una tarde muy larga… Los pacientes, que ya estaban en planta y los ingresos programados…. – le expliqué. – ¿Y tú qué has hecho hoy?
- Pues he estado esta tarde con mi hermano José, y cené con mis padres. Ya sabes, hasta que no pase un tiempo prefiero no pasar mucho tiempo en casa; pues aún quedan cosas de Pablo y no quiero estar allí cuando vaya a recogerlas.
- Ya… Ya. Te entiendo. – dije comprensiva. – Oye, espera un segundo, que voy a mirar una cosa. – y dejé el teléfono antes de que me pudiera contestar.

Cuando salí de la sala que teníamos para descansar por las noches y en las guardias de veinticuatro horas, y llegué al mostrador del control la vi. Sonriéndome. Y aún con el teléfono móvil en la oreja.

- Sh…. – dijo antes de que pudiera articular palabra.
- Entra, anda. No te vayan a reconocer…
- ¿Pero hay alguien despierto aún? – preguntó girando su cabeza hacia el pasillo.
- No, no hay nadie. Al menos que yo haya visto. Pero no vaya a salir alguien y se arme revuelo, que a ti eso de crear sensación entre las multitudes se te da demasiado bien.


Rió y nos adentramos a la salita de la que acababa de salir. Y, aunque todavía no éramos nada oficial, esa noche pasaríamos a ser algo más.

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