Notaba como sus manos acariciaban mi pelo mientras sentía
como ella se estremecía bajo las yemas de mis dedos. Nos decíamos mil cosas sin
pronunciar ni una sola palabra. Solo nos comíamos una a la otra. Solo nos
pedíamos, sin pedirlo, que ese momento no cesara. Me moría de ganas de hacerla
mía, de que se deshicieran los últimos nudos que existían dentro de su alma,
pero no era todavía el momento. Nos faltaban horas en el reloj, el tiempo
parecía volar, pues dicen que cuando estás en buena compañía o estás pasando un
rato agradable el tiempo va deprisa. Pero en este caso, el tiempo voló.
Dieron las seis de la mañana, y seguíamos despiertas
mirándonos, sonriéndonos, dándonos algún que otro beso suelto. No hablábamos,
no nos decíamos nada, nos comíamos con la mirada, y eso parecía que nos era
suficiente.
Ella fue poco a poco entrecerrando los ojos, y, aunque
luchaba por mantenerlos abiertos, llegó un momento en el que se le cerraron
solos y pasaron unas horas hasta que los volvió a abrir. Yo me quedé mirándola,
y poco antes de que se despertara, me levanté a prepararle el desayuno; aunque,
a decir verdad, me costó llegar hasta la cocina.
- Mmm… Qué bien huele. – dijo bajando las escaleras.
- ¡Ya iba a subir a despertarte, marmota!
- ¿Qué has preparado? – se sentó en uno de los taburetes altos
que tenía alrededor de la barra americana.
- Hice unos croissants con mantequilla, tostadas, partí fruta,
un zumo de naranja recién exprimido para ti, un batido de fresa y café
calentito. – contesté mirando la mesa, para asegurarme que no me dejaba nada
sin decir.
- ¿Pero tú desde que hora estás despierta? – preguntó cogiendo
el café y dándole un bocado a la tostada.
- No he dormido, directamente.
- ¿La cama no era cómoda? ¿Algún problema…? – dijo preocupada.
- No, simplemente me dediqué a observarte mientras dormías.
- Vaya… Me vas a sonrojar desde primera hora de la mañana. ¿Ibas
a demostrarme tus dotes de cocinera con este buffet libre que has preparado?
- No es para tanto, es que como siempre cocino para mi sola…
Pues no mido bien las cantidades. – sonreí viendo como disfrutaba esa mañana de
la comida. Se había levantado con hambre.
- ¿Quieres quedarte a comer? – preguntó.
- Me encantaría, pero no... No puedo. Entro hoy a las tres y
media y salgo mañana a las tres y media. Aunque mañana por la mañana me tomaré
un pequeño descanso para lo de la excedencia.
- ¿Solo descansas mañana por la mañana? – contestó mientras se
levantaba a dejar algunos platos en el lavavajillas.
- Bueno, realmente sí. Por la noche, normalmente estamos
varias y nos turnamos, pero hoy me toca a mí sola porque la planta no tiene
mucha gente. Así que, esta noche me toca guardia. Y con el sueño que llevo
atrasado, me va a costar no dormir.
- Te haré compañía con el móvil, si quieres.
- Claro, a ver hasta cuando aguantas… - le guiñé un ojo y ella
contestó de igual forma.
Me dejó en la puerta del hospital a las tres de la tarde, media hora
antes de que empezara a trabajar para que mis compañeras me pusieran al día,
pues ya llevaba demasiados días pidiendo días de descansos y no sabía cómo
estaba la planta.
- ¡Pero qué ven mis ojos! – gritó Julia, desde el otro lado
del control de enfermería.
- ¿Qué pasa? – pregunté haciéndome la loca. Sabía
perfectamente que se refería a mí, por todos los días que había estado sin
pisar el hospital.
- Tú, que apareces cuando quieres. Con el mes de vacaciones
que llevas, y ahora esto… Que a lo tonto llevas 3 o 4 días sin aparecer…
- He estado liada, asuntos personales, ya sabes. – intenté zafarme
como pude de ella, pero me conocía demasiado bien.
- Ya… ¿Y no hay nadie por ahí, pillina?
- No… ¿Quién va a haber? Sabes que desde que lo dejé con esta…. - no quería ni pronunciar su
nombre. Maldita bastarda.
- Pero ya va siendo hora de que recuperes la ilusión y la
confianza con otra persona, ¿no crees? – dijo girándome la cara para que la
mirase.
- Sí, y a partir de martes lo haré. ¡Me voy a tomar una excedencia
de un año!
- ¿Pero qué dices loca? Conforme están las cosas…
- Lo sé, pero este agobio me está matando. Voy a buscarme a mí
misma. – sonreí.
- Adelante, aunque de mí no te vas a escapar. Y nos veremos
para tomarnos nuestra religiosa cerveza una vez al mes.
- Claro que sí, como tiene que ser, esas buenas costumbres no
se pueden perder.
Julia era mi amiga, mi compañera de toda la vida. Nos
conocimos cuando ambas entramos al instituto, con doce añitos, y ya teníamos
veintisiete. Fue una gran casualidad, pues las dos estuvimos siempre en los
mismos cursos; hasta repetimos juntas cuarto de E.S.O. En bachillerato, con tantas cosas por estudiar nos
distanciamos un poco, pero cuando hicimos selectividad, volvimos a retomar
nuestra amistad como si nada. Y supongo, que de eso se tratan las amistades, de
que pase el tiempo que pase, a veces sin hablar y otras muchas incluso sin
poder verse, cuando se produce el reencuentro, ocurre como si nada hubiera
pasado.
Cuando comenzamos la carrera, nos fuimos a un piso de estudiantes.
No vivíamos muy lejos de nuestras casas, a poco más de una hora, pero fue lo
mejor para poder centrarnos en los temarios. Ella se echó novio, y yo me eché
novia… Una mala decisión que hasta años después no lo supe ver. Julia me decía
que ella no era buena compañía, que
no me hacía bien, pero yo, como buena enamorada, caía siempre, una y otra vez.
Existieron momentos en los que hasta llegué a pensar que el mundo estaba en
nuestra contra, que nadie, ni mi propia familia ni la que era como mi hermana
querían que yo fuera feliz, por el hecho de que era una mujer con la que yo
quería compartir mi vida. Pero no, no era así. Y con tiempo, he conseguido
entender que eso era lo que ella
quería que pensara.
Daban ya las once y media de la noche cuando hice la última
ronda por las habitaciones para asegurarme de que todos los pacientes estaban
acomodados y no les faltaba nada para pasar la noche en tranquilidad. El
carrito con el refrigerio de media noche ya había pasado dándoselo a los
enfermos que lo solicitaron. La compañera que me había hecho compañía esa
tarde, ya se había marchado. Fue justo después de apagar las luces del pasillo
cuando noté como vibraba mi bolsillo. ‘Malú
llamando’ aparecía en mi pantalla. Descolgué.
- ¡Hola! – contesté ilusionada.
- Buenas noches – dijo ella bajito.
- ¿Por qué hablas tan flojito? ¿Ha pasado algo? – pregunté asustada.
- No, nada. Solo que donde estoy no se puede hablar muy alto. –
noté como sonreía al otro lado de la línea.
- ¿Y dónde estás?
- Ya te contaré mañana cuando salgas de trabajar. Pasaré a
recogerte a las tres y cuarto, por si te puedes escapar un ratito antes. Te he
llamado porque me apetecía oírte. Llevas todo el día, desde que te dejé en la
puerta, desaparecida.- me regañó.
- ¡Vale! Lo intentaré. Lo sé, perdóname, he tenido una tarde
muy larga… Los pacientes, que ya estaban en planta y los ingresos programados….
– le expliqué. – ¿Y tú qué has hecho hoy?
- Pues he estado esta tarde con mi hermano José, y cené con
mis padres. Ya sabes, hasta que no pase un tiempo prefiero no pasar mucho
tiempo en casa; pues aún quedan cosas de Pablo y no quiero estar allí cuando
vaya a recogerlas.
- Ya… Ya. Te entiendo. – dije comprensiva. – Oye, espera un
segundo, que voy a mirar una cosa. – y dejé el teléfono antes de que me pudiera
contestar.
Cuando salí de la sala que teníamos para descansar por las
noches y en las guardias de veinticuatro horas, y llegué al mostrador del
control la vi. Sonriéndome. Y aún con el teléfono móvil en la oreja.
- Sh…. – dijo antes de que pudiera articular palabra.
- Entra, anda. No te vayan a reconocer…
- ¿Pero hay alguien despierto aún? – preguntó girando su
cabeza hacia el pasillo.
- No, no hay nadie. Al menos que yo haya visto. Pero no vaya a
salir alguien y se arme revuelo, que a ti eso de crear sensación entre las
multitudes se te da demasiado bien.
Rió y nos adentramos a la salita de la que acababa de salir.
Y, aunque todavía no éramos nada oficial, esa noche pasaríamos a ser algo más.

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