martes, 30 de septiembre de 2014

Capítulo 13. El apagón.

Se quedó mirando hacia el sofá con los ojos clavados en el rostro de Malú. La cara desencajada de Pablo era difícil de descifrar. Terminé de bajar mi camiseta, que a penas hacía unos segundos había sido retirada por sus suaves dedos de mi piel, y peiné su sedoso pelo con mis dedos, previamente despeinado por los mismos mientras nos besábamos
. Vi como Malú y Pablo entreabrieron los labios en multitud de ocasiones para decir algo; algo que no llegaron a decirse, pues cuando Malú se decidió a romper el silencio de sobra incómodo que había entre nosotros tres, Pablo dio un portazo a la puerta del salón y se marchó, haciendo lo mismo con la puerta de la entrada. Justo cuando se pudo escuchar el segundo golpe, oímos como Danka lloraba tras la puerta que conectaba el salón con el pasillo. Fui a levantarme para abrir y que pudiera pasar con su dueña pues en ese momento, y conociéndola, sabía de sobra que necesitaba el amor de su animal, y vi como Malú me miraba con cara de pocos amigos... Cuando las tres perritas y Chanelo entraron a toda prisa y rodearon a Malú como si de un ejército alrededor de su capitán se tratase, esta comenzó a sollozar para acabar llorando poco después. Volví al sofá y retiré a las pequeñas yorkshire, Rumba y Lola, que se colocaron a los pies de María Lucía.
Cerré mis ojos y eché la cabeza hacia atrás, colocándola en el respaldo del mismo sofá que a penas hace unos minutos nos había visto besarnos con muchísimas ganas y una gran locura. Con mis dedos busqué su mano, la cuál dejó a mi antojo, como si de un maniquí se tratara. Al notar tal frialdad, giré mi cabeza hacia mi lado izquierdo, donde ella estaba sentada y mirando al suelo.

- Malú... - susurré.

Y el silencio fue la única respuesta que obtuve.

- Ey... - volví a decir con el mismo tono, esta vez acariciándole el pelo.

Y la ausencia de sonido fue la que se encargó nuevamente de contestar mis palabras hacia la cantante.
Se levantó del sofá sin dirigirme ni una sola palabra, ni tampoco una sola mirada. Entendí, por sus gestos, que en ese momento prefería estar sola. Y su pequeño ejército, también lo entendió. Cuando Malú salió por la puerta, cerrándola tras su paso, noté como las lágrimas de impotencia y dolor debido a la situación, recorrían todo mi rostro, desde que brotaban de mis ojos hasta perderse más abajo de mi barbilla.

Me quedé en silencio, agudizando el oído mientras acariciaba a sus animales para que mantuvieran ellos también la calma, dentro de lo posible. Nada. No se oía nada. Solo el respirar agitado de Danka, que nos había abandonado y se había postrado ante la puerta del salón, esperando que Malú abriera la puerta. Y no es solo cosa del animal, he de admitirlo. Yo también lo deseaba; deseaba que entrase de nuevo, con una sonrisa de oreja a oreja. Que todo hubiera sido un mal sueño. Que nada de esto hubiera pasado. Pero no fue así.

Cerca de una hora después, y ya de los nervios al ver que no volvía, decidí buscarla por la casa. Me recorrí todas las estancias, empezando por la cocina; en la cual, lo único que había era un vaso de agua en el que todavía quedaba a penas un dedo de este líquido. Decidí entonces seguir buscándola por la parte inferior de la casa. Habitación por habitación. Cuando terminé la parte de abajo de la casa, me senté desganada en la cama para dejarme caer sobre la almohada abriendo los brazos para descansarlos. Y en la mesilla derecha vi una foto de Pablo y de Malú, sonriendo, siendo felices. Y aunque la foto parecía que tenía algunos años ya; pues ya no tenían la misma cara de niños, sentí una gran culpabilidad por haber roto esa pareja. Una pareja que tal vez ya estaba rota.

Tras conseguir calmar un poco esa voz interior que me estaba matando, seguí mi búsqueda. Esa que no cesaría hasta encontrarla. Subí a la primera planta, en la cual, el único rastro que encontré de ella fue en el dormitorio principal, su silueta sobre la colcha de la cama, ya vacía. Salí como alma que lleva el diablo hacia el balcón, que tenía las puertas abiertas y las cortinas echadas. Para mi desgracia, ya no estaba allí.  
Empezaba a ponerme nerviosa. No sabía donde más buscar... En el jardín tampoco estaba, pues se veía completo desde arriba. Entonces, pensé en llamarla. Y lo hice. Pero, haciendo caso a mi mala suerte, el teléfono no me dio línea, estaba apagado o fuera de cobertura. Maldición.
Bajé las escaleras cabizbaja. Suponiendo que se había marchado sin hacer ruido. Me disponía a volver a sentarme en el salón con los animales, cuando justo rodeé la escalera que lleva al piso superior, y tras una planta de decoración interna y bajo una pequeña pared, encontré una pequeña puerta, que me decidí a abrir, ya desesperada por encontrarla.



Bajé las escaleras, las cuales me llevaban a un sótano, del que desconocía su existencia. Y en parte lo entendí cuando llegué al final de los escalones. Allí había un pequeño estudio el cual estaba lleno de fotografías, letras de canciones y cd's enmarcados por las paredes. Justo en la pared de enfrente de las escaleras, unas fotos gigante de lo que parecía el público de sus conciertos; y justo en la esquina de cada foto, el nombre de una ciudad y una fecha.
Ella estaba sentada en el sofá que había dos o tres metros más allá de donde estaba yo, con las rodillas rodeadas por sus brazos, con la cabeza apoyada en las mismas.

- Por fin te encuentro... - dije mientras me acercaba a ella y me sentaba a su lado.
- No te tenías que haber molestado... - contestó una voz ronca, que si no hubiera sido porque estábamos solas, hubiese pensado que había sido otra persona.

Me acerqué a ella y la abracé, echándole el brazo por encima del cuello. En esta ocasión, estaba mucho más receptiva que cuando se marchó del salón. Ya daban las ocho media de la tarde, y nosotras seguíamos en la misma situación desde las siete. Una hora y media mal con ella, era demasiado duro. Desde que la conocí nunca habíamos estado así... Y no podía evitar sentirme culpable.
Se refugió entre mi pecho y mi cuello, haciéndome notar como su respiración estaba alterada y sus lágrimas ardientes caían sobre mi piel, haciendo que sintiera como caían esas bolas de fuego sobre mí.

- No te preocupes... Ya verás como lo arreglamos... - le dije bajo en su oído.
- No Ada, no... He hablado con él... Está flipando... Demasiado alterado... Se va a ir de la lengua... Lo sé. Y eso hoy en día me puede destrozar... - lloró.
- Shh... Tranquila... Lo llamaré, ¿vale?
- No... Y mañana siendo el día que es. Voy a dar todos los titulares de la jornada... Vaya regalo de cumpleaños me va a hacer...
- Ya verás como no, tranquila... - en ese momento solo necesitaba tranquilizarla. Y lo peor era que no sabía como hacerlo...
- Ada, márchate.
- ¿Cómo? - pregunté asustada.
- Vete. Necesito estar sola... No te quiero aquí. - dijo señalando la puerta por la que pocos minutos antes había bajado.

Le di un beso en la frente, la miré a los ojos, y ella clavó los suyos en mi, en los cuales se reflejaba miedo, terror, y a la vez, lo que parecía una llamada desesperada de socorro. Mientras me dirigía de espaldas hacia la puerta, y me marchaba. Antes de cerrar la puerta la escuché soltar un gran suspiró y comenzó a llorar. Y yo, tras cerrar la puerta, también.

No hay comentarios:

Publicar un comentario