El día continuó de forma normal en la planta. Yo, más
cansada de lo normal debido a mis conversaciones nocturnas con Malú. Cuando
acabó mi turno fui a la habitación a ver como seguía ella. Pero cuando entré,
vi que tenía visita. Una chica. Una chica que a mí no me sobaba de haberla
visto por allí.
Para cuando iba a empezar a hablar, ya tenía la vista de
María Lucía sobre mí.
- ¡Hola Ada! – dijo con ilusión, aunque vi en sus ojos un
brillo extraño.- Es mi enfermera. – explicó a su acompañante.
- Buenas tardes. No quería molestar. Vine a ver si todo estaba
en orden, pues mi turno ha terminado… - hice un silencio mirando a Malú para
ver si lo entendía. – y debo informar a mi compañera de cualquier incidencia.
Malú me miró con cara de pena, así que decidí utilizar la
excusa que siempre funciona.
- Perdona – dije refiriéndome a su acompañante. – debo hacerle
un pequeño examen, si no te importa…
- Ah no, claro que no. – dijo la chica muy simpática. Y se
marchó de la habitación.
- ¡Bueno, bueno, bueno! ¿Qué le pasa a la mejor paciente que
hay en esta planta? – quise animarla al ver como estaba.
- Marta. – dijo. Y noté como aquella palabra me iba helando la
sangre.
- ¿Marta? – pregunté con cierto miedo.
- Sí. Es ella. Ha venido a verme. A intentar convencerme que
no está liada con Pablo. No sé. Se ve que me ven como tonta o algo… - dijo
suspirando.
- ¿Sigues creyendo que están juntos?
- Lo sé. Esas cosas se saben. Una vez, dos, tres, vale. Pero
siempre, siempre, cuando uno está ocupado, la otra también… Y ya te digo… Leí
con estos ojos, con mis propios ojos, las conversaciones…
Me acerqué hasta ella y la abracé. Necesitaba sentirla cerca
y creo que ella a mí también. Pues ya llevaba casi dos días allí metida, y el
frío de las paredes era demasiado asolador. Noté como temblaba entre mis
brazos. Como se hacía pequeñita por un momento, pero volvía a ser grande. Junté
mi frente con la suya y la miré a los ojos. Vi tanto miedo, tantas incógnitas
en su mirada, que por un momento, tuve miedo. Miedo por ella. Estuvimos unos
minutos en silencio, hasta que ella cerró los ojos y comenzó a llorar, y no
pude más que besarle cada una de esas lágrimas, que sabían a gloria.
Tocaron la puerta y ya imaginaba que sería Marta o Pablo.
Pero me equivoqué. Era mi compañera.
- Señorita Sánchez, venía a informarle de que mañana pasará el
médico a darle el alta por la mañana. Antes de marchar ha dicho que la
informemos para que esté preparada. La revisión de sus cólicos ha sido
satisfactoria. Todo controlado, aunque mañana el doctor le dará unas pautas a
seguir. – dijo mirando un folio. Hasta el momento no había reparado en mí. Tosí
para que me viera. Me miró sin entender que hacía allí.- Si necesita algo,
toque el timbre. – Vi que decidía marcharse pero a medio camino de la puerta se
giró.- Ada, acompáñame, por favor.
- ¡Putaaa! ¿De qué la conoces? – dijo cuando entramos al
control de enfermería.
- Una larga historia, pero vaya, que la conocí antes de ayer. –
dije recordando cuando entré por la puerta del bar. Y una sonrisilla tonta
asomó en mi boca.
- ¿Y esa sonrisa? – dijo curiosa mi compañera.
- Nada nada. – dije intentando disimular. – Oye, me voy a
marchar que estoy reventada. ¡Qué te sea leve! Voy a entrar a verla y a
despedirme y me voy. ¡Hasta mañana!
Entré a la habitación y me obligó a marcharme, pues según
ella debía descansar. Acordamos que al día siguiente, antes de empezar el turno
volvería a verla. Llegué a mi casa, me pegué un buen baño y cené una ensalada
ligera. Con las mismas, encendí la minicadena y me metí en la cama escuchando
su último álbum, DUAL. Un disco en el
que se veía que había trabajado mucho, tantas colaboraciones… Me quedé dormida
escuchándola. Imaginando que era ella, y no los altavoces los que me cantaban
al oído.
A la mañana siguiente fue breve la visita. Pues llegó el
médico a las ocho en punto para darle el alta.
- Hablamos por móvil, ¿vale?, ya sabes qué te dije. No quiero
perder esto que estamos creando. – me dijo muy, muy cerca de mi boca.
- De acuerdo. Se me hará eterno no tenerte por aquí y poder
entrar a tu habitación. En cuanto salga, te llamo. – dije de igual forma. Su
manera de contestarme fue un beso en la comisura de mis labios. La miré y ella
me contestó con una sonrisa pícara.
Ese día fue eterno. Uno de los más largos de mi vida. Cada
vez que miraba el reloj, parecía que el minutero iba hacia atrás.
Cogí el teléfono ya de camino a mi coche. Un tono. Dos. Tres.
Cuatro. Y cuando ya me disponía a colgar, contestó.
- ¡Hola holita enfermerita! – dijo feliz.
- ¡Hola holita pacientita! – quise imitarla pero tuve que
echarme a reír ante nuestras imitaciones a Ned Flanders.
- ¡Pero qué ganas de escucharte! ¿Te parece que nos veamos a
las diez y tomamos algo? – dijo con una sonrisa que se intuía al otro lado del
teléfono.
- ¿Cómo voy a decirle que no yo, a una chica como tú?
- Pues es fácil. Con una N
y una O. Las juntamos y decimos ¡NO!
Venga, repite conmigo. – dijo cual profesora a los niños pequeños.
- A ver, ¿lo voy a intentar, eh? N… O… ¡Sí! ¿Ves? Es imposible decirte que no a ti… - carcajeé.
- De mí no te rías así. Que me enfado y dejo de respirar. –
dijo con voz infantil.
- No, por Dios. Que los maluleros me matan… Respira o me veré
obligada a hacerte el boca a boca. – insinué.
- Cuando, como, y donde quieras… - dijo seria, aunque estalló
en sonoras carcajadas.
- Ay Malusita…. ¿No te enseñó tu mami que quien juega con
fuego se quema?
- ¿A mí? – preguntó con voz inocente. – Claro. Lo que mi madre
no sabía es que me gustaba el calor.
- A partir de ahora cuando te vea llevaré un extintor en el
maletero del coche por si empiezas a arder en algún momento…
- Prefiero que me apaguen de otra manera. – dejó caer. Pero
antes de que pudiera contestarle, continuó. -
¿Me puedes recoger a las nueve y media en mi casa? Y ya te guío hacia
dónde me gustaría llevarte.
Me dio su dirección, y nos despedimos.
Yo continué la tarde preparándome. Parecía una quinceañera,
de aquí para allá, nerviosa. Me duché varias veces, porque no me gustaba como
me había quedado el pelo. Usé la mitad de toda la ropa que tenía en el armario,
pues ningún atuendo me parecía suficiente para ir a tomar algo con ella. Con
Malú. Con la reina de la música en España. Miro el reloj. Las ocho. Aún quedaba
una hora y media. En una hora saldría para su casa. Y pensar que siempre
habíamos vivido cerca… Pero claro, ella no solía ir a comprar pan. Para eso
tenía gente…
Me decidí por unos pantalones de traje de mujer negros, una
camisa negra de manga corta y una chaqueta a rayas finas negras y listones
blancos. Un bolso pequeño gris y unos tacones negros, no muy altos, pues no
quería que la altura nos separara demasiado. Me maquillé para ir arreglada pero
no recargada. Odiaba el maquillaje.
Salí de mi pequeño piso con un nudo el estómago. Sentía que
aquella noche iba a cambiar el rumbo de mi vida, y quien sabe si la de la suya.
Conduje con miedo, con nervios. Incluso agradecí el pequeño atasco que encontré
en la autovía. Mi audi a3 negro pasaba de inadvertido, gracias a Dios. Si mucha
de la gente que me cruzaba supiera dónde iba… Me reía en mi fuero interno.
Malditos nervios. Siempre, desde chiquitita, me había pasado. Cuando me ponía
nerviosa hablaba demasiado y se me cerraba el estómago… De pequeña mi madre
decía que los nervios acabarían conmigo, pero oye… A mis 27 años seguía vivita,
y coleando, aunque nunca había entendido ese dicho.
Llegué a su casa a las nueve y veinte. No quise llamar antes
de tiempo, para no molestar. Por si estaba aún arreglándose. Cuando dieron las
nueve y veintiocho salí del coche. A las nueve y veintinueve me acerqué a su
puerta. Y en cuanto mi reloj marcó las nueve y media, toqué el timbre, un par
de veces seguidas, y esperé.
Pero, para mi sorpresa, no fue ella quien abrió la puerta.
Fue Pablo. Creo que en ese momento agradecí el maquillaje que me había
colocado, pues noté como la sangre huía de mi cara y me quedaba pálida. Nos
miramos el uno al otro. Él, esperando que yo hablara. Yo, esperando que él
hablara. El tiempo pasaba y Malú no bajaba.
- ¿Necesitas algo?- rompió el silencio Pablo.
- Yo… - dije con la voz temblorosa.
- Contigo no, no quiere nada. Ha quedado conmigo. Me voy con
ella a cenar. No me esperes despierto, no sé cuándo volveré ni qué haremos
después. – intervino la cantante.
Sin más, cerró la puerta, y nos dirigimos a mi coche.
- ¡Qué bien se siente una cuando hace lo que debe hacer! –
dijo riendo a carcajadas y abrochándose el cinturón.
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