domingo, 7 de septiembre de 2014

Capítulo 5. A prueba de ti.

El día continuó de forma normal en la planta. Yo, más cansada de lo normal debido a mis conversaciones nocturnas con Malú. Cuando acabó mi turno fui a la habitación a ver como seguía ella. Pero cuando entré, vi que tenía visita. Una chica. Una chica que a mí no me sobaba de haberla visto por allí.
Para cuando iba a empezar a hablar, ya tenía la vista de María Lucía sobre mí.


- ¡Hola Ada! – dijo con ilusión, aunque vi en sus ojos un brillo extraño.- Es mi enfermera. – explicó a su acompañante.
- Buenas tardes. No quería molestar. Vine a ver si todo estaba en orden, pues mi turno ha terminado… - hice un silencio mirando a Malú para ver si lo entendía. – y debo informar a mi compañera de cualquier incidencia.

Malú me miró con cara de pena, así que decidí utilizar la excusa que siempre funciona.
- Perdona – dije refiriéndome a su acompañante. – debo hacerle un pequeño examen, si no te importa…
- Ah no, claro que no. – dijo la chica muy simpática. Y se marchó de la habitación.
- ¡Bueno, bueno, bueno! ¿Qué le pasa a la mejor paciente que hay en esta planta? – quise animarla al ver como estaba.
- Marta. – dijo. Y noté como aquella palabra me iba helando la sangre.
- ¿Marta? – pregunté con cierto miedo.
- Sí. Es ella. Ha venido a verme. A intentar convencerme que no está liada con Pablo. No sé. Se ve que me ven como tonta o algo… - dijo suspirando.
- ¿Sigues creyendo que están juntos?
- Lo sé. Esas cosas se saben. Una vez, dos, tres, vale. Pero siempre, siempre, cuando uno está ocupado, la otra también… Y ya te digo… Leí con estos ojos, con mis propios ojos, las conversaciones…

Me acerqué hasta ella y la abracé. Necesitaba sentirla cerca y creo que ella a mí también. Pues ya llevaba casi dos días allí metida, y el frío de las paredes era demasiado asolador. Noté como temblaba entre mis brazos. Como se hacía pequeñita por un momento, pero volvía a ser grande. Junté mi frente con la suya y la miré a los ojos. Vi tanto miedo, tantas incógnitas en su mirada, que por un momento, tuve miedo. Miedo por ella. Estuvimos unos minutos en silencio, hasta que ella cerró los ojos y comenzó a llorar, y no pude más que besarle cada una de esas lágrimas, que sabían a gloria.

Tocaron la puerta y ya imaginaba que sería Marta o Pablo. Pero me equivoqué. Era mi compañera.

- Señorita Sánchez, venía a informarle de que mañana pasará el médico a darle el alta por la mañana. Antes de marchar ha dicho que la informemos para que esté preparada. La revisión de sus cólicos ha sido satisfactoria. Todo controlado, aunque mañana el doctor le dará unas pautas a seguir. – dijo mirando un folio. Hasta el momento no había reparado en mí. Tosí para que me viera. Me miró sin entender que hacía allí.- Si necesita algo, toque el timbre. – Vi que decidía marcharse pero a medio camino de la puerta se giró.- Ada, acompáñame, por favor.

- ¡Putaaa! ¿De qué la conoces? – dijo cuando entramos al control de enfermería.
- Una larga historia, pero vaya, que la conocí antes de ayer. – dije recordando cuando entré por la puerta del bar. Y una sonrisilla tonta asomó en mi boca.
- ¿Y esa sonrisa? – dijo curiosa mi compañera.
- Nada nada. – dije intentando disimular. – Oye, me voy a marchar que estoy reventada. ¡Qué te sea leve! Voy a entrar a verla y a despedirme y me voy. ¡Hasta mañana!

Entré a la habitación y me obligó a marcharme, pues según ella debía descansar. Acordamos que al día siguiente, antes de empezar el turno volvería a verla. Llegué a mi casa, me pegué un buen baño y cené una ensalada ligera. Con las mismas, encendí la minicadena y me metí en la cama escuchando su último álbum, DUAL. Un disco en el que se veía que había trabajado mucho, tantas colaboraciones… Me quedé dormida escuchándola. Imaginando que era ella, y no los altavoces los que me cantaban al oído.

A la mañana siguiente fue breve la visita. Pues llegó el médico a las ocho en punto para darle el alta.

- Hablamos por móvil, ¿vale?, ya sabes qué te dije. No quiero perder esto que estamos creando. – me dijo muy, muy cerca de mi boca.
- De acuerdo. Se me hará eterno no tenerte por aquí y poder entrar a tu habitación. En cuanto salga, te llamo. – dije de igual forma. Su manera de contestarme fue un beso en la comisura de mis labios. La miré y ella me contestó con una sonrisa pícara.


Ese día fue eterno. Uno de los más largos de mi vida. Cada vez que miraba el reloj, parecía que el minutero iba hacia atrás.
Cogí el teléfono ya de camino a mi coche. Un tono. Dos. Tres. Cuatro. Y cuando ya me disponía a colgar, contestó.

- ¡Hola holita enfermerita! – dijo feliz.
- ¡Hola holita pacientita! – quise imitarla pero tuve que echarme a reír ante nuestras imitaciones a Ned Flanders.
- ¡Pero qué ganas de escucharte! ¿Te parece que nos veamos a las diez y tomamos algo? – dijo con una sonrisa que se intuía al otro lado del teléfono.
- ¿Cómo voy a decirle que no yo, a una chica como tú?
- Pues es fácil. Con una N y una O. Las juntamos y decimos ¡NO! Venga, repite conmigo. – dijo cual profesora a los niños pequeños.
- A ver, ¿lo voy a intentar, eh? N… O… ¡Sí! ¿Ves? Es imposible decirte que no a ti… - carcajeé.
- De mí no te rías así. Que me enfado y dejo de respirar. – dijo con voz infantil.
- No, por Dios. Que los maluleros me matan… Respira o me veré obligada a hacerte el boca a boca. – insinué.
- Cuando, como, y donde quieras… - dijo seria, aunque estalló en sonoras carcajadas.
- Ay Malusita…. ¿No te enseñó tu mami que quien juega con fuego se quema?
- ¿A mí? – preguntó con voz inocente. – Claro. Lo que mi madre no sabía es que me gustaba el calor.
- A partir de ahora cuando te vea llevaré un extintor en el maletero del coche por si empiezas a arder en algún momento…
- Prefiero que me apaguen de otra manera. – dejó caer. Pero antes de que pudiera contestarle, continuó. -  ¿Me puedes recoger a las nueve y media en mi casa? Y ya te guío hacia dónde me gustaría llevarte.
Me dio su dirección, y nos despedimos.

Yo continué la tarde preparándome. Parecía una quinceañera, de aquí para allá, nerviosa. Me duché varias veces, porque no me gustaba como me había quedado el pelo. Usé la mitad de toda la ropa que tenía en el armario, pues ningún atuendo me parecía suficiente para ir a tomar algo con ella. Con Malú. Con la reina de la música en España. Miro el reloj. Las ocho. Aún quedaba una hora y media. En una hora saldría para su casa. Y pensar que siempre habíamos vivido cerca… Pero claro, ella no solía ir a comprar pan. Para eso tenía gente…

Me decidí por unos pantalones de traje de mujer negros, una camisa negra de manga corta y una chaqueta a rayas finas negras y listones blancos. Un bolso pequeño gris y unos tacones negros, no muy altos, pues no quería que la altura nos separara demasiado. Me maquillé para ir arreglada pero no recargada. Odiaba el maquillaje.

Salí de mi pequeño piso con un nudo el estómago. Sentía que aquella noche iba a cambiar el rumbo de mi vida, y quien sabe si la de la suya. Conduje con miedo, con nervios. Incluso agradecí el pequeño atasco que encontré en la autovía. Mi audi a3 negro pasaba de inadvertido, gracias a Dios. Si mucha de la gente que me cruzaba supiera dónde iba… Me reía en mi fuero interno. Malditos nervios. Siempre, desde chiquitita, me había pasado. Cuando me ponía nerviosa hablaba demasiado y se me cerraba el estómago… De pequeña mi madre decía que los nervios acabarían conmigo, pero oye… A mis 27 años seguía vivita, y coleando, aunque nunca había entendido ese dicho.


Llegué a su casa a las nueve y veinte. No quise llamar antes de tiempo, para no molestar. Por si estaba aún arreglándose. Cuando dieron las nueve y veintiocho salí del coche. A las nueve y veintinueve me acerqué a su puerta. Y en cuanto mi reloj marcó las nueve y media, toqué el timbre, un par de veces seguidas, y esperé.
Pero, para mi sorpresa, no fue ella quien abrió la puerta. Fue Pablo. Creo que en ese momento agradecí el maquillaje que me había colocado, pues noté como la sangre huía de mi cara y me quedaba pálida. Nos miramos el uno al otro. Él, esperando que yo hablara. Yo, esperando que él hablara. El tiempo pasaba y Malú no bajaba.
- ¿Necesitas algo?- rompió el silencio Pablo.
- Yo… - dije con la voz temblorosa.
- Contigo no, no quiere nada. Ha quedado conmigo. Me voy con ella a cenar. No me esperes despierto, no sé cuándo volveré ni qué haremos después. – intervino la cantante.

Sin más, cerró la puerta, y nos dirigimos a mi coche.


- ¡Qué bien se siente una cuando hace lo que debe hacer! – dijo riendo a carcajadas y abrochándose el cinturón.

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