sábado, 1 de noviembre de 2014

Capítulo 16. Contigo aprendí.

El silencio se apoderó de nosotras por un segundo. Incluso creo que llegó a detenerse el tiempo, haciéndose latente entre ella y yo un miedo extraño. No abrí la boca, no se describir como me sentía en ese momento. Volvió a girarse en busca de mis ojos, desviando su mirada por un instante a mis labios. Sonreí. Ella, de inmediato, me contestó, dibujando en sus labios una sonrisa que no dejaba ver en ellos un solo ápice de miedo, de inseguridad. Me había entendido a la perfección, sin necesidad de decir ni una sola palabra. Me abalancé sobre ella, recorriendo todo su perfecto cuerpo con la yema de mis dedos hasta llegar a la altura del cuello, para atacar con mis dientes su perfecta clavícula, haciéndola estallar en carcajadas y suplicas de que parase. Y no debía saber muy bien lo que hacía, o tal vez sí y por eso lo repetía continuamente, pero a cada petición, volvía a la carga una y otra vez, siempre con más intensidad que la vez anterior.


- Te quiero. - susurró María Lucía en mi oído.
Me ericé por completo, oír esas dos palabras de su voz, mientras la tenía a escasos milímetros de mí, era demasiado para soportar sin que ninguna parte de mi cuerpo se contuviera de estremecerse.
-Eres... Eres... Eres...
- ¿Qué soy... soy... soy? - dijo en tono burlón, mientras reía.
- Eres única. Ojalá, que nunca, pase lo que pase, te olvides tú de mi.
- Te lo juro, ¡por Snoopy!
- No te tenía yo por una niña pequeña.
- A tu lado, con tu calor, me es difícil no sentirme así. Estás haciendo que me sienta muy, muy especial.
- Te mereces todo lo que te pueda dar, y más.
Y en ese momento la cantante decidió sentenciar la conversación haciéndome callar con un beso, que nos llevó a las dos al cielo, porque aunque os lo describa, nadie puede saber como sabe la primavera, si no la prueba. Y yo, yo estaba empezando a acostumbrarme a tener entre mis labios a la causante, de que las flores florezcan; de que los pájaros canten; y que el cielo brille; a la reina primavera.

Regresamos al interior de la casa cuando ella decidió que era la hora de cenar. Como se las quería dar de gran cocinera, me obligó a quedarme en el salón, viendo su colección de películas, para que tras la cena eligiera alguna para que la viéramos. Y la pobre, no sabía donde se estaba metiendo.
Apareció por la puerta que conectaba la cocina y el salón al buen rato, con dos copas de vino, una ensalada y lo que parecía ser un trozo de tarta de tiramisú en un plato.

- ¿Y qué peli has elegido para ver?
- El origen del mal. - dije mientras sacaba la caratula que contenía el DVD en su interior.
- No... - contestó mientras me hacía pucheros con la mirada.
Me limité a sonreír, mientras la abrazaba.
- Voy a estar junto a ti, cuando te de miedo, te dejo que te acurruques sobre mi y no mires.
- Y la película... - carcajeó.- ¿ha sido porque te gusta? ¿o para aprovechar?
Reí, mientras me dirigía a la televisión para introducir el CD.
- ¿Preparada para la sesión de achuchones que te voy a dar? - dijo mientras seguía haciéndome pucheros.
- Creo, que nunca he estado más preparada para nada, que para esto. - contesté sacándole la lengua.



Los siguientes días los pasamos entre su casa y la mía. Desde el día antes a su cumpleaños no sabíamos nada de Pablo. Era algo que nos extrañaba, pero mientras todo se mantuviera en calma, tanto con él como con la prensa, ni Malú ni yo teníamos ningún problema.
Nos conocíamos cerca de dos meses, y llevábamos juntas casi una semana. Por aquel entonces, yo ya conocía a sus padres, y a José, su hermano. Pero ese día me esperaba una cena sorpresa con el hijo mayor de Pepe y Pepi.

- He invitado a mi hermano a que cene aquí esta noche. - dijo nerviosa.
- ¿Y eso? No me habías comentado nada. - sonreí mientras la agarraba de la cintura.
- Es que es una sorpresa para él, y para ti.
- Uy... María Lucía, ¿qué estás tramando?
- ¿Yo? Nada... - dijo esquivándome la mirada.
- No nací ayer, anda, dime.
- Estás pallá ¿eh?
No contesté y me limité a iniciar un ataque de cosquillas que sabía que no resistiría por mucho tiempo. Y así fue.
- Vaaaale. Te lo diré, pero por favor, para. - suplicó.
Y así fue como por arte de magia, mis manos volvieron a su cintura, pero esta vez para acariciarla.
- Quiero hablar con mi hermano, para que sepa lo nuestro.
- ¿Que qué? - pregunté incrédula.
- Sí, eso... - agachó la mirada. - tu familia, aunque no sepa quien soy a día de hoy, sabe que estás con una mujer...
- ¿Y tú como sabes eso?
- No te dejes el WhatsApp abierto con la conversación con tu madre, y no lo leeré. - me guiñó un ojo.- Y lo que te decía... Ellos no saben nada, y aunque con mis padres me gustaría esperar un poco más, mi hermano, aunque de pequeños, como cualquier otros hermanos, nos matábamos, desde que entramos ambos en la adolescencia es mi compañero, mi guardián, es... mi alma gemela, tanto, que si no fuera mi hermano, sería mi pareja perfecta.
En ese momento, con ella encima de mis rodillas, y con los ojos llenos de lágrimas, entendí lo importante que se estaba convirtiendo todo esto para ella.
- Si tu quieres, yo también quiero. Si tu quieres, vamos a por ello. Si tu quieres, yo te voy a apoyar. Si tu quieres, se lo vamos a decir. Si tu quieres, él también va a querer.
En ese momento ella apoyó su frente en la mía, sonriendo, con una sonrisa que atravesó poro a poro mi piel, que me contagió su felicidad, que me hizo sonreír a mi también con ganas, con muchas ganas. En ese momento se le escapó una pequeña lágrima de emoción, que recogí con mi pulgar y besé unos segundos más tarde.

- ¡Relájate! Todo va a salir bien, ya lo verás.
- Pero...
- Pero nada, ya está todo más que preparado. Solo falta que tu hermano... - no pude terminar la frase porque en ese momento sonó el timbre de la entrada. A Malú se le fue el poco color que le quedaba en la cara, quedándose por unos segundos blanca, completamente blanca.
- ¿Qué te pasa hermanita? - dijo José cuando, tras acercarse a ella para saludarla, observó la imagen congelada de su hermana.
Tosí para romper el hielo.
- Está algo indispuesta, cuando llegué yo, ya estaba así. - mentí.
- Vamos a cenar... - dijo Malú intentando coger aire.
Yo no pude evitar reírme ante la escena que tenía delante. La cantante, junto con su hermano en un lateral de la mesa, y yo enfrente de los de Lucía.
- ¿Qué mosca le ha picado a tu amiga? - preguntaba José a Malú al verme así.
- Se le habrá subido el vino que tomamos mientras te esperábamos.- contestó mientras me daba una patada por debajo de la mesa. La misma que intenté contestarle.
- ¡Auch! - se quejó José. - ¿Qué he dicho ya?
- Perdona José, no quería darte, fue un acto reflejo. - estas dos últimas palabras las dije con cierto tono de cachondeo.
María Lucía lo miró extrañado, mientras que a mi me hacía un gesto que daba a entender que me mataría. Y yo no podía evitar cada vez reírme más.

La cena se relajó un poco, aparentemente. Malú tenía la cara descompuesta. Me levanté y fui a la cocina con la excusa de preparar café, descafeinado, por supuesto. A Malú solo le faltaba eso, más cafeína.
Cuando volví al salón ambos hermanos estaban ya sentados en el sofá. Y ella parecía no aguantar ya más.

- José... -rompió el hielo la hermana pequeña.
- Lo que voy a decirte, no sé si te gustará... Pero... Tengo que decírtelo, y espero que me entiendas.
- Lu, me estás asustando. - dijo el madrileño. - No me digas que voy a ser tito.
En ese momento no pude contener la risa. Y vi como a Malú también se le dibujaba en la cara una sonrisa.
- Para nada hermanito... No de momento.
- ¿Entonces? - suspiró. - Me estoy poniendo nervioso,
- Ada y yo estamos juntas. - soltó de momento. En ese instante yo tenía sujeta mi taza de café, ya vacía, y menos mal, porque cayó al suelo haciéndose mil añicos.
- ¿Eso era lo tan importante que me tenías que decir, Malú? - dijo serio.
Ella asintió.
- Pues gracias por la cena... - dijo, mientras se levantaba  y causando un terrible miedo en nosotras dos. - pero no hacía falta tanta cosa, lo sé desde el día que me la presentaste. Eres muy transparente hermanita. - rompió en una sonora carcajada.- Anda, ven aquí cuñada oficial. - dijo mientras me abrazaba.

Y mientras estaba en los brazos de José, pude ver como la que estaba empezando a ser mi vida, respiraba aliviada y se levantaba para unirse a nuestro abrazo.



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