Me desperté cuando la luz inundaba gran parte de la habitación. No sabía cuanto tiempo había dormido, y la verdad que tampoco necesitaba saberlo. Busqué a Malú por la cama con los ojos cerrados, pero ante su ausencia me giré. Solo quedaban sábanas arrugadas, y la puerta entreabierta. Me levanté del lecho que hace unas pocas horas habíamos compartido las dos con muchas ganas, demasiadas.
Me dirigí a su vestidor, en busca de algo que poder colocarme encima y no salir a pasearme por su casa como ella me había dejado esa noche. Salí por la puerta de la habitación agudizando el oído para ver si algún ruido la delataba; y así fue. No tardó en llegar el sonido de unas tazas que provenía de la planta de abajo, y más en concreto, de la cocina. Antes de llegar a mitad de las escaleras el pequeño Chanelo pasó a mi lado, en dirección contraria; y junto a él, las dos gemelas, Rumba y Lola, aunque estas dos algo más cariñosas que el chiquitillo gatito. Seguí mi camino, decidida a alcanzar lo que más quería en ese momento: encontrarme con Malú y dirigir alguna que otra palabra, pues la noche anterior nos dejamos toda la fuerza que teníamos hablándonos, diciéndonos de todo, pero sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra. Nuestras respiraciones desacompasadas se decían todo lo que nosotras callábamos.
Al pasar por debajo del marco de la puerta que daba paso a la entrada de la cocina, como si por su ondulado pelo algo despeinado me hubiera observado, se giró con una gran sonrisa, que provocó la mía. Y de verdad os lo digo, en mi vida he visto mejor imagen que la de ella, con una camisa blanca que le cubría un poco más allá de la entrepierna y una taza con un café con leche en la mano.
- Buenos días dormilona. - susurró mientras dejaba la taza en la mesa y se dirigía con los brazos abiertos hacia a mi.
- Buenos y dulces días, que es lo que son a tu lado. - sonreí y coloqué mis labios sobre los suyos. - Ey, ey, para que nos vamos a otras cosas. - la separé de mi.
- ¿No quieres mis buenos días, no? - dijo haciéndome pucheros.
- Ven aquí. - contesté agarrándola de la cintura.
Y nos volvimos a perder la una en la otra, durante toda la mañana.
Sobre la una del medio día sonó el teléfono de Malú, sacándonos de nuestro tonto juego de cosquillas que nos encantaba. María Lucía se levantó como alma que lleva el diablo a contestar al mismo, y tardó unos minutos en regresar a la habitación.
- ¿Qué planes tienes hoy? - preguntó tumbándose encima de mi.
- Estar contigo. - me limité a sonreír.
- Así me gusta. - me devolvió la sonrisa. - Por cierto... - titubeó.
- Dime.
- Vienen mis padres a comer. - soltó a toda prisa.
- ¡¿Que qué?! ¡¿Cómo?! No... Dime que es broma.
- Es broma.
- Menos mal... - suspiré aliviada.
- No, venir vienen a comer. Pero te dije que era broma porque me lo pediste. - contestó riéndose.
E hice volar una almohada hacia su cara.
- Ehhh.... ¡Que eso ha dolido! - se quejó.
- No haberme engañado. - fingí un enfado.
- Ay, no te me enfades que no tenemos tiempo de reconciliaciones, que mis padres vienen en camino y nos tenemos que duchar.
- Te mato. Te juro que te mato. Reza porque se queden a vivir en tu casa para siempre. Porque cuando ellos se vayan te mato. - me quejaba mientras reía.
- Ya será menos... Que eso que dicen de perro ladrador, poco mordedor tengo muy comprobado que es cierto.
- A polvos. - contesté.
Me miró y no contestó, estalló en una sonora carcajada y cuando se giró para comenzar a andar hacia el baño, imitó a un gato soltando un maullido. Esta chica es única, y eso no hay quien lo dude.
- ¿Cómo estoy? - dije buscándola con la mirada mientras terminaba de colocarme el pelo en su sitio.
- Preciosa, como siempre. Te gusta la ropa que te he dejado, ¿no?
- Me gusta, y ya siendo tuya, más aún.
- Idiota. Tampoco es nada del otro mundo.
- Pero es tuyo. Y tus miles de fans darían el mundo por esto.
- Y yo daría el mundo por todos y cada uno de ellos. Sabes que son como mi familia.
- Una amiga, que habíamos quedado para comer y al final ha habido cambio de planes. - contestó Malú cuando su madre, tras saludarme, y sin preguntar, me miró muy extrañada.
- Encantada, hija mía. - dijo la andaluza.
- Igualmente. - contesté sonrojada, buscando con mi mirada la expresión de Malú.
Y esa misma escena la repetimos con su progenitor, aunque Pepe, algo más serio.
- Por fin. - dijo Malú mientras suspiraba y se apoyaba en la puerta de la entrada de la casa tras la salida de sus padres.
- Mujer, que tampoco ha sido para tanto. Yo creo que no me falta nada, y a ti, espero que tampoco.
Sonrió.
- Gracias por disimular. Ya sabes que...
- Shh... No me tienes que dar explicaciones, siempre hay tiempo. Y poco a poco. - la besé. Ardía en deseos de hacerlo y no me pude contener.
- ¿Salimos al jardín? Está atardeciendo. - preguntó al separarse de mi boca.
- ¡Claro! - dije ilusionada.
Salimos y nos tumbamos en el verde césped que rodeaba su dulce hogar. Enseguida acudieron las perritas y se pusieron a jugar con su dueña, a la que le faltaban manos para poder jugar con las tres.
- Yo también quiero mimos, los exijo. - me indigné.
- Tú me has tenido toda la mañana, y ayer toda la noche. Las pobres reclaman mi atención, que por tu culpa las tengo abandonadas. - dijo mientras me sacaba la lengua.
- Como vuelvas a hacer eso te la morderé.
- Si la pillas. - dijo sacando la lengua de forma intermitente.
Nos pasamos horas muriendo de la risa mientras nos hacíamos cosquillas y nos mordíamos. Éramos una en ese momento. Las perritas, aunque en un principio nos dejaron tiempo para nosotras al ver nuestro juego, en cuanto las llamamos acudieron a nosotras dos, velozmente.
- Parece mentira, después de lo mal que hemos estado... - suspiró.
- Después de lo mal que hemos estado, ahora estamos genial.
Me miró y asintió, sonriente.
- Malú... Te quiero. - contuve el aliento y sentí como ella también se quedaba sin aliento.
Me miró a los ojos, y se giró, quedando yo mirando hacia ella, y ella hacia las estrellas, observándolas, junto con el negro que acompañaba a la noche.
- Ada... ¿Quieres que seamos algo más, que ser más que amigas?

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